miércoles, 5 de noviembre de 2008

El ojo de la abadía


MI PRIMER RELATO DE CIENCIA FICCIÓN

Subtitulado: "El hombre en el castillo".

Ofreció una suma fabulosa en el Ministero de Economía y Hacienda por la posesión del Sacro Castillo-Convento de Calatrava-La Nueva y del cerro en que está enclavado, el llamado cerro del Alacranejo. El hombre era misterioso. Unas espesas gafas oscuras ocultaban sus ojos; iba tocado con un sombrero de ala ancha, negro como nube tormentosa e impregnado de gotas de lluvia; su gabardina era negra como el fondo de una tumba. El hombre se presentó bajo seudónimo legalizado: "El ojo de la abadía". El ministro de Economía se quedó perplejo: era una suma extraordinaria, que excedía en mucho al producto interior bruto de algunos países de las inmediaciones… ¡Un billón de euros!

-¿Y para qué quiere el castillo? -inquirió el ministro.

"El ojo de la abadía" se retrepó en su asiento, y dijo con voz tirante, como sacada de la garganta a fuerza de martillazos:

-Para vivir en paz, lejos de la especie humana. No deseo ser molestado bajo ningún concepto. El precio que ofrezco es más que bastante para compensar cualquier carga tributaria. No saldré del castillo. Renuncio a los servicios comunes, incluidos los sanitarios. No necesito suministro de energía ni nada que me puedan ofrecer. Yo no les molestaré a ustedes; no me molesten, pues, ustedes a mí. Una vez yo haya muerto, podrán recuperar la propiedad de la fortaleza, pues yo no dejaré herederos... Quiero que se olviden de mi existencia, y, por mi parte, olvidar la existencia de la sociedad.

-Tentadora su oferta -comentó el ministro-. La llevaré al próximo Consejo de Ministros, y la semana que viene le daré una respuesta.

-Aquí estaré para entonces -dijo "El ojo de la Abadía", poniéndose en pie para marcharse.

Y sí: el Consejo de Ministros dio su conformidad a tan extraña propuesta. Era mucho dinero en juego, y eran tiempos de crisis económica. "El ojo de la abadía" se hizo con la propiedad vitalicia del castillo-convento y del cerro en que está enclavado.

Los trabajadores del restaurante "Villa Isabelica" vieron atónitos, durante los días siguientes, una interminable procesión de camiones de gran tonelaje subiendo por el camino del cerro. Ya se había cerrado el castillo al público; los visitantes que llegaban habían de conformarse con mirarlo de lejos.

Dos meses después, apareció en la noche una enorme luz proveniente del rosetón de la iglesia del castillo. Una luz que arañaba las tinieblas de los cercanos terrenos de Valsordo. El ojo de la abadía. La luz se veía encendida de día y de noche, sin interrupción de ninguna clase; así se sabía que había vida en el castillo. El día en que la luz se apagase, el castillo volvería a ser de titularidad pública. Alguna vez se escuchaba música de Beethoven, y extrañas antenas zumbaban en las cimas de la torre del homenaje. "El ojo de la abadía" nunca bajaba de su refugio. Los misterios se encerraban tras los sillares de las murallas. ¿Qué comería, cómo afrontaría las enfermedades? La luz estaba permanentemente encendida, y la paz no se vio turbada por mucho tiempo.

Habían pasado cinco años, y al alcalde de Aldea del Rey se le ocurrió exigirle al morador del castillo el cobro de impuestos municipales, porque el especial acuerdo que aquél estableciera con el Ministerio de Economía y Hacienda no tenía base legal sobre la que sustentarse.

Cuando los policías locales ascendían en su vehículo por el camino que serpentea por el cerro, una voz salida de un potente altavoz les conminó a que se marcharan por donde habían venido, a menos que prefirieran ser expulsados con el uso de la fuerza. Los policías tuvieron miedo, y se dieron la vuelta.

Algunos días después fueron los guardias civiles, y desoyeron las advertencias del altavoz: subieron con su todoterreno hasta la explanada que hay frente a la Puerta de los Arcos. Quedamente, se apearon del vehículo y se encaminaron a la entrada de la fortaleza. Reinaba el silencio; no se escuchaban siquiera los graznidos de las cornejas que anidan en las distantes almenas.

Apenas los cuatro guardias atravesaron la Puerta de Hierro, avistaron el horror al otro extremo de la Sala de Entrada. Desde las sombras venían cuatro enormes tigres de Bengala, con los ojos inyectados de una fosforescencia fantasmal. Los guardias sacaron sus pistolas, pero una extraña fuerza magnética los desarmó en un abrir y cerrar de ojos. Ya venían los tigres, llenando de rugidos la oscuridad de la Sala de Entrada. Presas del pánico, los guardias civiles acertaron a retroceder y salir por la Puerta de Hierro, la cual se cerró con un seco estampido antes de que llegaran los tigres. Los guardias civiles emprendieron la huida a toda prisa; sus almas estaban sobrecogidas de terror.

Al día siguiente, en el ayuntamiento de Aldea del Rey y en todos los ministerios se recibió el siguiente correo electrónico:

«Pagué por que me dejaran en paz. No vuelvan a mandar a nadie. Soy autosuficiente en todo, y tengo los medios para repeler todas las agresiones imaginables. Estoy abastecido de agua, energía y alimentos y he desarrollado una tecnología muy superior a la de ustedes. No vuela una mosca a mil kilómetros de distancia sin que yo lo sepa. No vuelvan a intentar invadirme... Por su bien se lo digo.

Firmado: El ojo de la abadía».

Desde el Ministerio del Interior tomaron esto como una provocación y un desacato a la autoridad, y se decidió obrar en consecuencia. Se consideró invalidado el acuerdo de cesión del castillo-convento, y se dispuso que su morador había de ser desalojado de inmediato.

A este tenor, se movilizaron a los GEOs (Grupos Especiales de Operación) de la Policía Nacional.

Acudieron de noche a las murallas del castillo. La luz del rosetón horadaba las tinieblas, y por ello hubieron de extremar sus precauciones.

De repente, sin poder explicárselo, oyeron en los auriculares de sus equipos de comunicación:

-Acabo de invadir su longitud de onda secreta. Tengo localizadas cada una de sus posiciones. Retrocedan inmediatamente o abriré fuego de ametralladora desde todos los ángulos posibles.

Sin embargo, el oficial al mando no dio orden de retirada y siguieron adelante. Entonces los lienzos de las murallas supuraron luminarias de ametralladora y sembraron el cerro de impactos de bala, aunque, eso sí, teniendo cuidado de no herir a ninguno de los GEOs... Al final, hubieron de huir con el rabo entre las piernas.

"Ese lugar es inexpugnable en toda regla", rezaba el informe que dieron a sus superiores.

Entonces intervino el Ministerio de Defensa, y desde la base de Almagro partieron más de veinte helicópteros de combate, al objeto de asaltar la fortaleza por el aire. También en esta ocasión la longitud de onda de los aparatos fue invadida, y desde los receptores se escuchó:

-Regresen inmediatamente. Tengo cañones de rayos láser que ya les han detectado, como podrán apreciar en sus rádares. A modo de ejemplo, observen lo que pueden hacer estas armas con un peñasco que hay en la base del cerro.

Desde los techos de la Hospedería Alta se emitió un intenso rayo de color carmesí, que redujo a polvo las duras rocas de un canchal distante más de ochocientos metros... En vista del peligro, la operación de asalto hubo de ser abortada.

Al día siguiente, "El ojo de la abadía" envió el siguiente correo electrónico a todos los estamentos oficiales:

«Es inútil que se empeñen en desalojarme. Si ustedes no saben cumplir el compromiso que acordaron conmigo, yo tengo los medios suficientes para obligarles a cumplirlo. Es inútil todo lo que intenten; puedo detectar incluso a los satélites de la CIA e inutilizar su software. Yo estoy protegido contra ustedes, mientras que ustedes están indefensos ante mí. A modo de ejemplo, mañana entre las once y las doce de la mañana infiltraré troyanos que crearán el caos en sus sistemas informáticos; así se darán cuenta de adónde puedo llegar... Los políticos mienten y son la escoria de la sociedad. Se escudan tras la máquina burocrática, tras leyes absurdas e injustas y yo denigro de todos ellos. "El ojo de la abadía" nunca duerme; incluso cuando no vigila, siempre hay algo que vigila por él.

Si son inteligentes, si no quieren atraerse males como nunca antes habían conocido, cuidarán de dejarme tranquilo de una vez para siempre.

Ya no haré más advertencias, gobernantes corruptos, que por vuestra conveniencia os saltáis las leyes que vosotros mismos dictáis.

Firmado: El ojo de la abadía».

Al día siguiente, entre las once y las doce de la mañana, se bloquearon los ordenadores del ayuntamiento de Aldea del Rey y de los principales ministerios. El perjuicio que ello generó fue tan considerable, que se les quitaron las ganas de volver a provocar a "El ojo de la abadía".

La luz del rosetón siguió iluminando los campos de los alrededores por espacio de otro lustro.

Una fría mañana de invierno, apareció un grupo de gente por la Puerta de los Arcos: un hombre, una mujer, dos niños y una niña. Tenían la mirada triste y sus ropas estaban muy usadas.

-¿A qué vienen aquí? -rugió la voz metálica de un portero automático, desde un lugar recóndito.

El hombre encogió sus hombros por el sobresalto, y dijo con voz contrita:

-No tenemos adónde ir. Me echaron de mi trabajo, nos echaron de nuestra casa. Los poderosos no nos quisieron escuchar de verdad; nos engañaban con sus despropósitos. No podemos vivir en el mundo que ellos han creado. Sus leyes son dañinas para nosotros, aunque a ellos les favorezcan. ¿Querrás ofrecernos refugio, querrás abrirnos tu puerta?

No hubo respuesta. Empezaba a caer la nieve desde las nubes ennegrecidas.

De repente, se abrió la Puerta de Hierro con un seco estampido. La familia entró dentro sin vacilar. No estaban los tigres esperándoles. Pasaron junto a invernaderos donde crecían flores y alimentos diversos. Había establos con abundantes cabezas de ganado, al cuidado de silenciosos robots. Siguieron hasta la portada de la Iglesia. Por el rosetón se filtraba una luz suavemente anaranjada.

Con tímida decisión, la familia franqueó la Puerta de la Estrella.

El recinto de la Iglesia estaba plagado de extrañas maquinarias e ingenios tecnológicos.

Encontraron al hombre que se hacía llamar "El ojo de la abadía" en la Capilla de don Pedro Girón. Vieron su espalda. Iba vestido con una túnica verde claro. A través del estrecho ventanuco contemplaba cómo los copos de nieve seguían la ruta del vendaval. Se giró hacia los recién llegados. Llevaba gafas oscuras y una barba gris devoraba su rostro.

-Le presento a mi mujer y a mis hijos -dijo el recién llegado, sintiendo un nudo en la garganta y los ojos a punto de reventar por las lágrimas.

"El ojo de la abadía" sonrió y les dijo:

-Bienvenidos. Yo cuidaré de vosotros... Cuidaré de vuestra libertad sin que tengáis que ofrecerme nada a cambio.

Todos los de la familia rompieron a llorar. Habían sufrido mucho, y, por fin, en su última acción desesperada, encontraron la paz, lejos de un mundo que paradójicamente se denominaba pacífico y civilizado. Luego se sosegaron, y oyeron que "El ojo de la abadía" les decía:

-Les dije a los otros que no iba a tener herederos... Pero ellos también me mintieron, ¿verdad?

El jardinero de las nubes.

Pd: Si quieren ver fotos espectaculares de la fortaleza citada en el cuento, visiten la web:

http://aldeadelreynatural.blogspot.com/2008/10/las-otras-caras-de-calatrava-la-nueva.html

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