miércoles, 19 de noviembre de 2008

Gratitud, la historia de un perro vagabundo (II): Amor en primavera


Como resultado de la serenata que estaban armando madre e hijo, el amo acudió a abrir la puerta de la calle, y se dio de manos a boca con el infeliz Reeec, que lo flechó con unos ojos ahítos de sufrimiento y pánico.

Entretanto, Centella no había parado de ladrar. El fuego de la maternidad corría por sus venas caninas.

–¡Maldito chucho! –bramó el amo–. ¡Me has despertado..., y también a la parienta y a los niños!

Reeec jamás volvió a caminar derecho motivo al fuerte patadón que el amo le arreó en las costillas. Tuvo que salir pitando del umbral de su antiguo hogar, y, mientras lo hacía, las desesperadas llamadas de su madre se adelgazaban con la distancia. Su vida se había convertido en un rosario de penas.

No volvió a intentar acercarse a su viejo hogar. Pasó a ser uno de tantos perros vagabundos como transitaban las calles del pueblo. Él no era por cierto lo que se dice un perro feo; pero no tenía pedigrí, y esta circunstancia le cerraba todas las puertas. Nadie en el pueblo quería adoptar a un perro de tamaño mediano, seco de constitución, con pelaje negro, orejas aplastadas y ojos la mar de vivaces. Y menos deseable era ahora, al haber quedado baldado motivo a la patada que le propinara el amo.

En las calles del pueblo pudo conocer el lado turbio de la existencia. Desperdicios para comer, escobazos de las amas de casa, pedradas de los niños, noches de frío y aguaceros, y, lo que era peor de todo, el hambre... Habíase deshabituado al cariño humano; le bastaba ver asomar un niño por una esquina para al momento poner patas en polvorosa. Al cabo de veinte días de incesante vagabundeo, su aspecto externo había desmejorado bastante: ahora era un perro sucio y astroso, un saco de pulgas y malos olores.

Pese a todos estos inconvenientes, Reeec pudo gustar de las delicias del amor.

Ocurrió cierto día en que, abandonando las inclementes calles del pueblo, se dirigió a campo abierto. El sol de mediodía hacía brotar flores de la tierra humedecida. Escuchábase de cerca el sedante murmullo de un arroyo.

Hacia allá encaminó Reeec sus pasos.

En la orilla calmaba su sed una perrita astrosa como él, pero de tamaño considerablemente más reducido que el suyo. Su pelaje era blanco por abajo y negro por arriba. Tenía un hociquillo garboso y unos ojos picarones, como sendos botones de azabache. Sus orejas estaban tiesas, no como las de Reeec, que siempre las llevaba caídas, como sin vida ninguna.

Después de beber, la perrita lo miró con afectada curiosidad, y al punto le vino al encuentro. Empezó el mutuo consuelo. Retozaron entre las lujuriantes flores del ribazo. A pesar de ser ella tan pequeña, Reeec disfrutó de lo lindo.

A partir de ese momento sus vidas corrieron parejas; así lo acordaron ambos. Ahora, cuando las destempladas madrugadas de primavera sorprenderían las calles del pueblo, se ofrecían calor el uno al otro. Y a más de esto, podían refocilarse en juegos sensuales siempre que les venía en gana. Teniendo compañeros, la vida es llevadera. Reeec se sentía desbordante de felicidad al lado de su perrita.

Y la perrita le ayudó a superar el trance que representó para él encontrarse a Centella, un día en plena calle. Reeec no había hecho nada para procurar tal encuentro; es más, éste tuvo lugar muy lejos de la que antaño fuera su casa.

CONTINUARÁ...

Ilustración: “En primavera” de mi buen amigo el pintor aldeano Feliciano Moya Alcaide, extraída de su web http://www.feliciano-moya.es/

El jardinero de las nubes.

2 comentarios:

rosario dijo...

Qué lindo relato, noto tu sensibilidad a flor de piel, me ha gustado mucho, te sigo.

Besos

Neli dijo...

El cuadro de Feliciano es una maravilla, asi como tu relato.
El comienzo es cruel y crea impotencia sentir esa patada aunque sea ajena.
Pero luego la parte dulce, pues como tu dices....en compañía la vida pasa mejor.
A ver qué nos depara el futuro de este perrito vagabundo.
Sigo leyendo...