
Corrí siguiendo la costa cerca de diez minutos. Ya no oía a mis espaldas los abucheos de los calabreses, y por ello juzgué oportuno detener mi marcha. Ciertamente les había dejado mucha tierra de por medio.
Entonces miré a mi alrededor. Me encontraba en una zona de acantilados, y enfrente de mí se destacaba la abertura de una gruta. No tardé en reconocerla: allí era donde habitaba Genaro Andolini, el judío que se había sustraído al trato de los hombres para hacerse amigo de los pájaros, según se chismorreaba por ahí.
En mi corta vida ya había tenido ocasión de oír muchos comentarios acerca de Genaro Andolini. En Ancona contaban que era oriundo del Val d’Aosta. Allí, tras una larga etapa de estudios en Milán, se había establecido como veterinario, ejerciendo muchos años su oficio en tan hermosa región. Referían también que en un momento determinado conoció a una joven de la que se enamoró hasta los hígados. Su amor, a lo que parece, terminó en tragedia, y desde entonces se decía que no soportaba la irrecusable tendencia del género humano a cometer equivocaciones. Genaro no veía justo que Dios nos dejase libres para acabar errando a cada dos por tres. Había desatinos que traían implícitos terribles sufrimientos, y esto al parecer es lo que sucedió en la historia de amor que Genaro protagonizara al lado de una joven del Val d’Aosta.
No hay que olvidar que entonces yo era un niño, y por eso no llegué a comprender el verdadero motivo que empujó a Genaro a adoptar esa clase de vida. ¿Qué haría en esa gruta de los acantilados, apartado del trato de sus semejantes?
Sea como fuere, yo no iba a tardar en averiguarlo por propia experiencia.
Después de ese largo rato corriendo como una centella, notaba que el corazón me latía alocadamente, hasta tal extremo que temí se me escapara del pecho. Me afirmé, por tanto, a un peñasco cercano a la oquedad donde vivía Andolini, al objeto de cobrar nuevos ánimos para regresar a casa.
Fue entonces cuando se manifestó en todo su furor la tormenta que desde un rato atrás hacía amagos en el cielo. Se hicieron visibles los relámpagos, los truenos me dejaron los oídos ensordecidos y una lluvia intensa se apoderó de todos los contornos.
El gélido contacto del agua me produjo unos escalofríos por demás desagradables. Como no iba adecuadamente vestido, se me levantó el temor a pillar un mal resfriado, tanto más alarmante cuanto que el tiempo estival no es el más apropiado para curarse de semejante afección. Ante tal situación, comprendí que no tenía más remedio que internarme en la gruta para ponerme a resguardo de la lluvia.
CONTINUARÁ…
El jardinero de las nubes.
Entonces miré a mi alrededor. Me encontraba en una zona de acantilados, y enfrente de mí se destacaba la abertura de una gruta. No tardé en reconocerla: allí era donde habitaba Genaro Andolini, el judío que se había sustraído al trato de los hombres para hacerse amigo de los pájaros, según se chismorreaba por ahí.
En mi corta vida ya había tenido ocasión de oír muchos comentarios acerca de Genaro Andolini. En Ancona contaban que era oriundo del Val d’Aosta. Allí, tras una larga etapa de estudios en Milán, se había establecido como veterinario, ejerciendo muchos años su oficio en tan hermosa región. Referían también que en un momento determinado conoció a una joven de la que se enamoró hasta los hígados. Su amor, a lo que parece, terminó en tragedia, y desde entonces se decía que no soportaba la irrecusable tendencia del género humano a cometer equivocaciones. Genaro no veía justo que Dios nos dejase libres para acabar errando a cada dos por tres. Había desatinos que traían implícitos terribles sufrimientos, y esto al parecer es lo que sucedió en la historia de amor que Genaro protagonizara al lado de una joven del Val d’Aosta.
No hay que olvidar que entonces yo era un niño, y por eso no llegué a comprender el verdadero motivo que empujó a Genaro a adoptar esa clase de vida. ¿Qué haría en esa gruta de los acantilados, apartado del trato de sus semejantes?
Sea como fuere, yo no iba a tardar en averiguarlo por propia experiencia.
Después de ese largo rato corriendo como una centella, notaba que el corazón me latía alocadamente, hasta tal extremo que temí se me escapara del pecho. Me afirmé, por tanto, a un peñasco cercano a la oquedad donde vivía Andolini, al objeto de cobrar nuevos ánimos para regresar a casa.
Fue entonces cuando se manifestó en todo su furor la tormenta que desde un rato atrás hacía amagos en el cielo. Se hicieron visibles los relámpagos, los truenos me dejaron los oídos ensordecidos y una lluvia intensa se apoderó de todos los contornos.
El gélido contacto del agua me produjo unos escalofríos por demás desagradables. Como no iba adecuadamente vestido, se me levantó el temor a pillar un mal resfriado, tanto más alarmante cuanto que el tiempo estival no es el más apropiado para curarse de semejante afección. Ante tal situación, comprendí que no tenía más remedio que internarme en la gruta para ponerme a resguardo de la lluvia.
CONTINUARÁ…
El jardinero de las nubes.