miércoles, 24 de septiembre de 2008

La balada de los últimos días (XV): Hospital


Al día siguiente era trasladado en ambulancia a Ciudad Real, concretamente al Hospital de Nuestra señora de Alarcos.

-Neumonía -dictaminó el médico que le atendió, ya puesto en pormenores de su historial clínico.

Toda su familia había ido a acompañarle. Ya en la habitación adonde lo condujeron, no le fue oculto a sus ojos que todos ellos apenas si podían reprimir las lágrimas al verle postrado en esa cama hospitalaria, con la mascarilla del oxígeno y el gotero colocados. No tenía fuerzas siquiera para hablar, y a duras penas logró hacerse entender para que le aproximaran un espejo al rostro. Su reflejó le impactó profundamente: ojos vidriados, inyectados en sangre; piel surcada de arrugas y con un enfermizo tono amarillento; labios agrietados, como espolvoreados de ceniza; pelos de la barba y los escasos de su cabeza completamente canos... Le parecía haber envejecido en cuarenta y ocho horas más que en medio siglo de vida. Había puesto el pie en los umbrales de la guarida de la muerte. Dolor no experimentaba ninguno, sino una languidez como no recordaba haberla sentido antes. Veía los rostros de sus familiares como a través de una cortina de agua; no lograba hacerse con el total de las palabras de aliento que le dedicaban. Probablemente, a consecuencia de la medicación que le estaban administrando, le acometían sopores ineludibles; pasaba las horas en continuos duermevelas. Eran los suyos sueños pesados, con un trasfondo nuboso en el que no había posibilidad de sacar a flote recuerdos y fantasías. El oxígeno se le hacía tan indeseable de respirar como un aire desértico en las horas centrales del día. La mascarilla le causaba rojeces en su zona de contacto alrededor de la nariz. Había intervalos presididos por los escalofríos, y éstos se le volvían de todo punto intolerables. ¡Ay de su salud! ¡Cuántas veces, en medio de tan acerbos instantes, maldijo de su vida pasada, causa de su vida presente!

El estado de semiinconsciencia en que estaba sumido, no le permitía apercibirse de la presencia de sus familiares. En lo tocante a su madre, no había poder que pudiera apartar a ésta de la cabecera de su cama. Su ajado rostro de anciana expresaba tanto sufrimiento, que podía servir de inspiración para una obra trágica. Viendo a su hijo abismado en los disturbios de la enfermedad, se cuestionaba la razón de haberle traído al mundo. ¿Acaso merecía la pena vivir para sobrevivir a los hijos? Tanto amor en el momento del alumbramiento, y tanta tristeza en el momento del fallecimiento. Ojalá nunca hubiera apartado a Pepe de sus brazos maternales. De siempre la naturaleza de él había sido rebelde, y aquellas ansias de modernidad que tenía no armonizaban con los esquemas en que ella se había educado. Delante suyo tenía el triste resultado de haberle permitido volar adonde se le antojara.

«¡Oh, hijo mío, qué sola me he de ver en este último período de mi vida! -se decía ella-. Mi pobre niño, ¿por qué huiste de mi regazo? Ahora que has regresado a mi lado, descubro que te pierdo irremediablemente. No podré volver a tenerte en mis entrañas e infundirte la fuerza vital de la que ahora careces. Ya no puedo hacer otra cosa sino rezar porque nuestra separación sea corta en el tiempo. ¿Dónde ha quedado el brillo de tu mirada, que el día de tu Primera Comunión competía con el de los cirios del altar? Oh, esa juventud que prematuramente se ha tornado decrepitud. ¿Tan incapaz fuiste de encauzar tu vida que te has hermanado con la muerte, y a ti viene, para formar una misma sustancia contigo? ¡Oh, hijo mío, no me abandones ahora! Ven a tu tierra y vive por siempre en ella. Nada te ha ofrecido más cariño que las calles de tu Manzanares natal. En Madrid no hallarás más que acero y asfalto y la depravación que te ha llevado a tu actual estado. ¡Oh, mi niño, deja de moquear y quédate junto a las parras doradas por el sol de tu infancia! Te ofrezco un cielo siempre vivo y una vida consagrada al agrado de Dios. Tú siempre a mi lado, siendo el báculo de mi vejez. ¡Oh, Dios amado, no permitas que le sobreviva!... ».

Su madre perdió tanto peso como él, por cuanto que contemplándole en la crisis de su enfermedad apenas si probaba bocado.

-Mujer, no puedes estar siempre aquí -le reprochaba con dulzura su marido-. Si no descansas algo, vas a caer enferma tú también.

-Es el hijo de mis entrañas -replicaba ella-. Mientras tenga necesidad de su madre, de aquí no me pienso mover.

-Entonces me quedaré contigo.

-En algo fallamos. Trajimos este hijo al mundo con toda ilusión... Y ahora Dios nos lo arrebata. ¿Por qué, por qué? ¡Mi niño! ¿Qué de malo hemos hecho para merecer tal castigo?

-Más duro es el castigo a que él está sujeto -declaró el buen hombre, con absoluta convicción.

El período de las cabañuelas de agosto fue pasando, y una buena mañana Pepe Abascal recobró el uso de la conciencia. Su aspecto era como el del soldado que ha arrostrado los rigores de la batalla. Estaba de escuálido y demacrado como un judío recién salido de un campo de concentración nazi; las costillas se le transparentaban totalmente a través del liviano pellejo. Una barba blanca y espinosa orlaba todo su rostro. Sus brazos y sus piernas parecían sendas estacas por la ausencia de grasa... Pepe Abascal semejaba un cadáver viviente. Su voz era remota, prácticamente inapreciable, cual una suave brisa de estío.

-Pilar... Pilar Durango -fueron las primeras palabras que acertó a articular después de aquello.

-¿A quién llamas, hijo mío? -le preguntó su madre, con los párpados hinchados de lágrimas.

-Pilar..., el resto de verdor que aún le queda a mi corazón. Una joven de la Mancha de Ciudad Real. La gema más exquisita que han contemplado mis ojos en largos años. Me iré de este mundo evocando su persona.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

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