jueves, 2 de octubre de 2008

La casa de enfrente (II): La misteriosa familia del "tío Boanerges"




LECTURA NO RECOMENDADA PARA MENORES DE 18 AÑOS O PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-III-

Me estaba resultando difícil encontrar un cuarto o dependencia donde sentirme a mis anchas. La frialdad del cuarto de baño hizo que se me erizara el cabello al imaginarme en semejante emplazamiento una de mis duchas de costumbre. En cuanto a elegir un dormitorio, era una cuestión que se me hacía de menos. Lo importante era encontrar un sitio adecuado para el estudio.

Tras una minuciosa exploración, hallé lo que me convenía en el ala meridional de la casa. Era un cuarto amplio y recogido, ubicado en la segunda planta, cuyas paredes no exhibían grietas a través de las cuales podría silbar el viento solano. En el centro se veía una mesa de pino de dimensiones colosales, si bien polvorienta, muy a propósito para colocar mis libros y anotaciones. Había también tomas de corriente adecuadas para enchufar mi flexo y tal vez una estufa de resistencias eléctricas, muy útil de cara al frío que ya hacía y a los que se avecinaban. Pero lo que más me satisfizo fue el inmenso mirador, que ocupaba cerca de la cuarta parte de la pared. Estaba claro que iba a disponer de luz en abundancia para mi cometido.

Me costó Dios y ayuda alzar la podrida persiana, y sólo cuando conseguí hacerlo, me di cuenta de que jamás podría volver a bajarla. Los emplomados vidrios acumulaban polvo de muchos años, que al impacto de la lluvia dio lugar a que se formasen regueros terrosos.

Entonces proyecté mi mirada al otro lado de la calle, intentando atravesar el denso entrevero del turbión. Se adivinaba la silueta de una otrora típica casa de labor agrícola.

Pensé que después de todo no tenía apenas motivos para quejarme del estado de conservación de mi nueva morada: la casa vecina sí que se revelaba en una condición deplorable. Las tejas se veían ocultas por una enorme masa de yerbajos que había enraizado en sus intersticios. La fachada de arcaico adobe estaba auténticamente torturada por la acción de los lustros: desconchones en el mal aplicado estuco, manchones de humedad, colores esfumados, maderas carcomidas y rejas ultrajadas por la corrosión. Lo único que parecía más nuevo era el grupo de persianas de plástico verde que ocultaban celosamente la vista de los angostos ventanales.

No hay que negar que el caserón ofrecía una imagen harto siniestra. Empezaba a dudar que estuviera habitado, cuando en éstas vi la figura de un hombre deslizarse furtivamente al interior por la puerta falsa, similar a una sombra espectral. Había aparecido de súbito, y el recrudecimiento del temporal justificaba lo apresurado de sus movimientos.

La oscuridad del crepúsculo, agudizaba por los tonos grises de la lluvia, comenzaba a adueñarse del lugar. Me di entonces cuenta de que debía buscar la llave del paso de la luz e ir pensando en prepararme algo de cena. Luego colocaría mis cosas y me iría a la cama.

Mañana daría comienzo mi nueva vida; yo me la había buscado.

Mientras tanto, no cesaban los sonidos provocados por el aguacero, entre los cuales me parecía que se colaba algún ignoto plañido infantil.

Mucho antes de que terminara de hacerse de noche, las sombras se habían apoderado de la fachada de la casa de enfrente.

-IV-

¿Cómo llegué a enterarme de quiénes eran mis vecinos? Ahora no soy capaz de recordarlo. Acaso alguien me deslizó cierta información al oído, nada más saber quién era yo, cuando tuve que acudir al colmado del pueblo para renovar mis provisiones.

El "tío Boanerges", así era conocido el propietario de la casa de enfrente. Y a fuerza de hacer tanto uso de su apodo, ya nadie era capaz de decir cuál era su verdadero nombre de pila. No gozaba de buena fama en el pueblo. Contaba con un pasado turbio y lleno de misterios. Su casa era como una tumba sellada, custodia de todos sus secretos y fortaleza impenetrable frente a los intentos de los más curiosos por averiguar detalles de la vida de este hombre solemne e introvertido, bastante misántropo y poco dado a gastarse confianzas con sus convecinos. Lo único que formaba parte del dominio público, era que se había casado con una prima hermana suya, sin el agrado de sus respectivas familias y para lo cual hubieron de pedir dispensa al Papa de Roma. A lo largo de más de cuarenta años de matrimonio, habían dado a luz una numerosa prole, si bien todas miembros del sexo femenino. Muy hermosas, eso sí, muy briosas, con las mejillas coloradas y los ojos como las garzas. La más pequeña nació con cierta minusvalía psíquica, consecuencia predecible a causa de la consanguinidad de sus progenitores. Eran en total ocho las hijas que habían alumbrado los primos, hasta que la matriz de la madre se secó.

Se trataba de una familia muy apegada al terruño, a la que la presencia de un hijo varón hubiera sido de inestimable ayuda en las labores agrícolas.

En lo tocante a las hijas, no se prodigaban demasiado por las calles del pueblo; bien se podía decir que salían de la casa de Pascuas a Ramos. Eran tan reservadas y hurañas como su padre. Y en cuanto a la madre, era con mucho la más reservada de las mujeres de esa extraña familia.

Estas confidencias sembraron en mí el desconcierto. En nada me seducía el hecho de tener semejante vecindad, cuando yo había venido a este pueblo en busca de serenidad para mis estudios.

Asimismo, tuvieron a bien advertirme de la posibilidad de escuchar alaridos extemporáneos procedentes del interior de la casa de enfrente. Esta circunstancia no debería causarme la más leve inquietud: la hija demente era la autora de tales voces desgarradas, que ora semejaban el llanto amargo de un recién nacido, ora el berrido de un cerdo en la matanza, ora las carcajadas histriónicas de una hechizada, ora el ulular de una lechuza, ora el lamento fantasmal que el viento a veces transporta desde las tapias de un cementerio abandonado, ¡qué sé yo cuántas cosas más! Lo cierto es que mis oídos captarían regularmente sonidos que era mejor ignorar.

Desde luego, entraba dentro de mis planes el no inmiscuirme en ningún asunto del entorno ajeno. Ya tenía bastante con mis propias ocupaciones como para preocuparme de lo que ocurriera en la casa de enfrente.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

1 comentario:

Vanidoso dijo...

No sé si viene de antes tu escrito(investigaré un poco), pero lo leído me ha cautivado.
Por momentos me recordaste a Lovecraft en una de sus brillante descripciones.

Espero la ¿segunda? entrega, saludos y muy buena tu nube.