domingo, 26 de octubre de 2008

La musa de Jacob van Ruisdael (I): Lo que Jacob halló en la ciudad portuaria de Dordrecht


HACE MUCHOS AÑOS, EN UN TIEMPO Y EN UNA OCASIÓN DE MI YA POR ENTONCES AVANZADA JUVENTUD, CONOCÍ A ALGUIEN CON QUIEN RETOMÉ LAS SENDAS DE MIS PASEOS SOLITARIOS POR MADRID. FUE UN TIEMPO BONITO; NO HUBO ÁRBOL NI MONUMENTO DEL MADRID DE LOS AUSTRIAS QUE NO ACOGIERA ECOS DE NUESTRAS SONRISAS HERMANADAS.

CIERTO DÍA PARAMOS EN EL MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA DEL PASEO DEL PRADO, Y FUIMOS A VER CON CIERTA ANSIEDAD LA GALERÍA DE LOS PAISAJISTAS HOLANDESES DEL SIGLO DE ORO (SIGLO XVII). YO YA CONOCÍA A JACOB VAN RUISDAEL, Y FUE MARAVILLOSO VER SUS PINTURAS REFLEJADAS EN EL ENTUSIASMO DE LA MIRADA DE QUIEN ME ACOMPAÑABA. ENTONCES ME FUE FORMULADA UNA PETICIÓN, Y SURGIÓ LA PROMESA DE ESCRIBIR UNA HISTORIA QUE MANTUVIERA PRENDIDA LA LLAMA DE ESE ENTUSIASMO.

FUE LA PRIMERA VEZ QUE ESCRIBÍ ALGO POR ENCARGO, AUNQUE YO NO LO CONSIDERABA TAL MIENTRAS LO ESCRIBÍA. FUE UN TIEMPO BONITO.

ÉSTA QUE LES OFREZCO, ES LA HISTORIA QUE ESCRIBÍ PARA ESOS OJOS QUE BRILLARON CON LOS PAISAJES DE JACOB VAN RUISDAEL. UNA HISTORIA DE FICCIÓN, AUNQUE CON UN NOTABLE ESFUERZO DE DOCUMENTACIÓN… Y ADEMÁS UN NOTABLE DERROCHE DE AMOR.

POR OTRA PARTE, QUIERO DEJAR ADVERTIDO QUE EN MI ALMA NO ANIMA NINGÚN SENTIMIENTO ANTISEMITA; AUNQUE YO SEA CRISTIANO, CONSIDERO AL PUEBLO JUDÍO COMO UNA HOJA DEL MISMO ÁRBOL DE MIS CREENCIAS. EN EL SIGLO XVII LOS JUDIOS NO ERAN BIEN VISTOS Y MUCHAS VECES SE AISLABAN EN EL CUMPLIMIENTO DE SUS LEYES Y EN SUS GHETTOS. HE INTENTADO REFLEJAR FIELMENTE EL AMBIENTE DE LA ÉPOCA.

ESTA HISTORIA LE GUSTÓ MUCHO A MI AMIGO EL PINTOR FELICIANO MOYA, Y ME COMENTÓ QUE REFLEJÉ FIELMENTE UNA DE LAS TÉCNICAS QUE EMPLEAN LOS ARTISTAS EN LA COMPOSICIÓN DE CUADROS AL ÓLEO.

EN ÚLTIMA INSTANCIA, ESTA HISTORIA ES UN TESTIMONIO DE PROFUNDA ADMIRACIÓN AL ARTE DE JACOB VAN RUISDAEL (1628-1682), PINTOR QUE EXISTIÓ REALMENTE ALLÁ EN LA LEJANA FLANDES.

ESTÉN TRANQUILOS: ES COSA DE MUY POCOS CAPÍTULOS.

Hoy día despiertan sin par admiración los cuadros del pintor holandés Jacob van Ruisdael. Las escenas recreadas por su paleta son de una belleza indescriptible: cielos salpicados de nubes de algodón, con sus panzas inflamadas con el sangrar del atardecer; prados blancos de tulipanes y margaritas; molinos, torres y castillos recortándose enhiestos contra un cielo chispeante de idílicos resoles vespertinos; bosques otoñales cuyas silentes enramadas aparecen bañadas de gotas de luz dorada; feraces tierras de labor, pesadas con tanta carga de frutos; y presuntuosas aves, a las que sólo les falta entonar suaves melodías tornasoladas para prestar todo verismo a esos encantadores paisajes... A la vista de tanto esplendor pictórico, pareciera que jamás el doctor Jacob van Ruisdael se hubiera enfrentado a una crisis creativa.

Hubo una sin embargo, y ésta comenzó a fraguarse durante el verano de 1646, prácticamente en los inicios de la carrera artística de este genial pintor, ampliándose dicha crisis por espacio de algunos años.

El joven Jacob alternaba los estudios de medicina con su vocación por la pintura. Tenía como maestro en esta última disciplina a su tío Salomón van Ruysdael (otro famoso y genial pintor), cuya escuela estaba ubicada en la ciudad portuaria de Haarlem. El furioso talento que demostraba su sobrino, dejaba boquiabierto a maese Salomón; no tardó en comprender que poco tenía que enseñarle al inquieto muchacho.

–Puedes estar satisfecho –le dijo cierto día–. Has engullido, por así decirlo, toda la tradición y sabiduría atesorada por los maestros pintores de Flandes. Mezclas estupendamente los colores, tienes un buen dominio de las perspectivas y tu pincel es insuperable... Sé que no debiera pulirte tanto el ego, pero tú mismo sabes que tu estilo es... esto, ¡espléndido!

El joven Jacob, que por entonces contaba diecisiete años, emitió una sonrisa de inteligencia; mas no se embriagó con el dulce y estimulante licor de los halagos, pues su modestia corría pareja con su descomunal talento.

Y en éstas hizo su aparición el verano de 1646. Cierta fresca y luminosa mañana del mes de julio, la presencia de Jacob fue requerida por su tío.

–El burgomaestre de Rotterdam me ha encargado una marina que represente toda la hermosura del puerto de Dordrecht –le explicó–, y quiere que sea un cuadro realmente excepcional. Tú eres mi mejor pintor de marinas... y también de otros estilos, todo hay que decirlo. Mañana partirás en la primera diligencia rumbo a Dordrecht, y deseo que en los anales del arte flamenco mi escuela figure como aquélla en la que se produjo la mejor marina que jamás se haya pintado. Así que vete aviando, que mañana te quiero en pie al rayar el alba.

El joven pintor hacía gala de un temperamento apacible y servicial, y para su fuero íntimo se propuso no defraudar la confianza que su tío tenía depositada en él.

Apenas el sol se había desperezado por los pabellones del Oriente, cuando Jacob ya ocupaba su sitio en la diligencia que habría de conducirle a la algo distante Dordrecht. El viaje se desarrollaba por toda la cornisa occidental de los Países Bajos, cuyo litoral era bañado intempestivamente por las frías aguas del Mar del Norte. Eran aquéllas tierras anegadizas, proclives a las inundaciones y a las súbitas incursiones del mar. Resultaba un auténtico placer viajar en verano, teniendo a la vista las románticas extensiones de los campos de blanqueo y las colinas en las que apuntaba la hierba doncella y sobre las cuales giraban sus aspas esbeltos molinos. El camino de la diligencia se presentaba llano y uniforme, ausente de curvas, baches y demás accidentes topográficos. El panorama que se divisaba a través de las ventanillas de la diligencia constituía todo un obsequio para la sensibilidad paisajista del joven Jacob. Sus dedos oprimían invisibles pinceles de lo deseoso que se sentía de plasmar en el lienzo todas las maravillas por sus ojos contempladas.

Al punto del mediodía, la diligencia hizo un alto en una parada de postas situada en los aledaños de La Haya, esa ciudad que se halla emplazada bajo el nivel del mar, protegida de los embates de las olas por toda una trama de diques y esclusas inteligentemente dispuestos. Jacob desesperaba por llegar a su destino y ponerse a pintar cuanto antes.

Unas horas más tarde, luego de dejar a la derecha del camino la ciudad de Rotterdam, la diligencia estuvo a la vista del soberbio puerto de Dordrecht. Jacob se dio prisa en conseguir habitación en una posada cuya fachada principal miraba a los mismos embarcaderos. A renglón seguido se encaminó hacia éstos, yendo a cargadero con sus trebejos de pintor.

Era un momento adecuado para ponerse manos a la obra: la atmósfera exhibía ese resplandor mortecino, como de oro viejo, que hace tan deleitosos los atardeceres de verano, y el agua de la bahía estaba tranquila y silenciosa, sembrada toda su superficie de inquietos rizos de una luz punzantemente amarilla.

Jacob alcanzó la altura de un fresno de ramas exuberantes de hojas dentadas, muy cerca de las primeras tablas del muelle. Allí desplegó su caballete, extendió sobre el bastidor la delicada tela de lienzo y preparó la barra de carboncillo para trazar el boceto preliminar. Entornó los párpados, y dejó que su mirada vagara por la vasta amplitud del puerto. El cielo estaba entreverado de nubes teñidas de rosa por la proximidad del sol poniente. Las aves marinas amenazaban con rasgar la placidez circundante con sus vuelos alocados y sus graznidos retumbantes. Bajo la luz del crepúsculo se disolvían los perfiles de los edificios, especialmente los de la torre de la Grote Kerk y el de la afilada aguja del campanario del Groothoodspoort, cuya dulce resonancia metálica anunciaba el instante de la oración del Ángelus.

Ya en la bahía se veían dos balsas formadas por troncos apilados, que eran pilotadas por dos hombres de ruda apariencia. Y a la entrada de la bocana del puerto se columbraba la imponente figura de un barco mercante de tres mástiles, de cuyo costado de babor se destacó un bote en el que iban siete pasajeros y que se encaminaba derechamente hacia el lugar donde Jacob había instalado su caballete.

Sin poder precisar el motivo que le indujo a ello, la mano del joven artista quedó suspensa sobre el lienzo, atraída su atención por el tranquilo bogar del bote.

Al cabo de cinco minutos, percibió que su corazón redundaba en latidos incontrolados. Ya era posible distinguir a bordo del bote una joven doncella de apariencia encantadora, que llevaba entre sus brazos un gatito de suave pelaje blanco y ojos de un azul cobalto. La muchacha contaba con una belleza que arrebataba todo sentido: su rostro era lo que se dice una joya en su inmaculada blancura; sus cabellos semejaban una llovizna de lirios amarillos, en cuyas ondas cabrilleaban gustosamente los rayos de la estrella diurna; y sus ojos... ¡oh sus ojos!, eran sendos pedazos de cielo nocturno, plateados con el fulgor de los astros fugaces... Jacob se sintió flechado por la mirada de esos ojos, una mirada a lo primero imparcial, que no podía corresponder a los reflejos pasionales que estaban impresos en las pupilas del joven artista.

En el bote iban, junto con la muchacha, un grupo de judíos que huía de España, buscando refugio en los Países Bajos. En España se habían visto acosados por la envidia, el recelo y la incomprensión, y buscaban comenzar de nuevo en otra tierra prometida. La muchacha estaba sentada al lado de un anciano que tenía todas las trazas de ser su padre.

Entretanto, Jacob percibió que la brisa del estío suspiraba entre las ramas del inmediato fresno, al tiempo que otra brisa más espiritual, con toda la fragancia del amor, agitaba las hojas de su vigoroso corazón de artista... La vista de la muchacha había producido dulcísima impresión en todos lo rincones de su alma.

CONTINUARÁ…

Ilustración: “Vista de Haarlem” de Jacob van Ruisdael.

El jardinero de las nubes.

1 comentario:

rosario dijo...

Hola; creo que la historia de Jacob va a ser maravillosa, por aquí me tendrás disfrutándola...

Gracias por tu vistita.

Rosario