viernes, 31 de octubre de 2008

La musa de Jacob van Ruisdael (V): Planes de evasión


Jacob van Ruisdael tomó el empeño de convertirse en ese preciso instante en el mejor médico que hubiera pisado el orbe, al objeto de conseguir que la parturienta trajera su hijo al mundo sin riesgos añadidos. Apeló a todo su saber científico, y al cabo de dos horas una preciosa niña había salido de las entrañas de Judith. Jacob procedió a cortarle el cordón umbilical y a retirar las secundinas del vientre de la todavía delirante Judith, el cual vientre curó a continuación y cerró su ensanchamiento mediante algunos puntos de sutura. Luego aplicó a la herida un bálsamo desinfectante y unas compresas calientes, dejando por último a Judith entregada a un profundo y reparador sueño.

Entretanto, Claes Berchem había lavado a la niña y la había envuelto con algunos pedazos de tela limpia.

–¡Tenemos que salvarlas! –exclamó Jacob, dirigiendo a su amigo una mirada imperativa–. No podemos dejarlas a merced de esta manada de carroñeros.

–Eso va a ser muy difícil, por no decir imposible –observó Claes Berchem sin ocultar su pesimismo–. Ella es una mujer acabada de dar a luz, y no le podemos pedir que se monte a horcajadas a lomos de nuestros caballos; la herida podría volvérsele a abrir, teniendo además en cuenta que está todavía sumida en la inconsciencia.


–Necesitamos un vehículo para transportarla –manifestó Jacob.

En un rapto de ansiedad, Jacob inspeccionó todos los rincones del cobertizo, y tuvo la satisfacción de descubrir en un ángulo sombrío del mismo, medio oculto por una carga de paja, un carruaje ligero de cuatro ruedas que se conoce con el nombre de birlocho. Enseguida le notificó a su compañero tan providencial hallazgo.

–¡Magnífico! –comentó al mismo tiempo–. Engancharemos nuestras monturas a la lanza del carruaje, y así dispondremos de un vehículo apropiado para sacar a Judith y a su criatura lejos de este infierno. Por cierto, esas telas que se ven ahí colgando de la viga maestra, ¿no son mantas de caballería?

–Lo son, efectivamente –confirmó Claes Berchem, contagiándose del entusiasmo de que daba muestras su amigo.

–Nos servirán para evitar que Judith y su niña cojan un mal enfriamiento durante el viaje. Bien, no perdamos más tiempo. Gracias a Dios que esos desalmados están encerrados en sus casas celebrando el Sabbat.

CONTINUARÁ…

Ilustración: “Jacob van Ruisdael contemplando un molino de agua” de Jacob van Ruisdael.

El jardinero de las nubes.

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