viernes, 31 de octubre de 2008

La musa de Jacob van Ruisdael (V): Planes de evasión


Jacob van Ruisdael tomó el empeño de convertirse en ese preciso instante en el mejor médico que hubiera pisado el orbe, al objeto de conseguir que la parturienta trajera su hijo al mundo sin riesgos añadidos. Apeló a todo su saber científico, y al cabo de dos horas una preciosa niña había salido de las entrañas de Judith. Jacob procedió a cortarle el cordón umbilical y a retirar las secundinas del vientre de la todavía delirante Judith, el cual vientre curó a continuación y cerró su ensanchamiento mediante algunos puntos de sutura. Luego aplicó a la herida un bálsamo desinfectante y unas compresas calientes, dejando por último a Judith entregada a un profundo y reparador sueño.

Entretanto, Claes Berchem había lavado a la niña y la había envuelto con algunos pedazos de tela limpia.

–¡Tenemos que salvarlas! –exclamó Jacob, dirigiendo a su amigo una mirada imperativa–. No podemos dejarlas a merced de esta manada de carroñeros.

–Eso va a ser muy difícil, por no decir imposible –observó Claes Berchem sin ocultar su pesimismo–. Ella es una mujer acabada de dar a luz, y no le podemos pedir que se monte a horcajadas a lomos de nuestros caballos; la herida podría volvérsele a abrir, teniendo además en cuenta que está todavía sumida en la inconsciencia.


–Necesitamos un vehículo para transportarla –manifestó Jacob.

En un rapto de ansiedad, Jacob inspeccionó todos los rincones del cobertizo, y tuvo la satisfacción de descubrir en un ángulo sombrío del mismo, medio oculto por una carga de paja, un carruaje ligero de cuatro ruedas que se conoce con el nombre de birlocho. Enseguida le notificó a su compañero tan providencial hallazgo.

–¡Magnífico! –comentó al mismo tiempo–. Engancharemos nuestras monturas a la lanza del carruaje, y así dispondremos de un vehículo apropiado para sacar a Judith y a su criatura lejos de este infierno. Por cierto, esas telas que se ven ahí colgando de la viga maestra, ¿no son mantas de caballería?

–Lo son, efectivamente –confirmó Claes Berchem, contagiándose del entusiasmo de que daba muestras su amigo.

–Nos servirán para evitar que Judith y su niña cojan un mal enfriamiento durante el viaje. Bien, no perdamos más tiempo. Gracias a Dios que esos desalmados están encerrados en sus casas celebrando el Sabbat.

CONTINUARÁ…

Ilustración: “Jacob van Ruisdael contemplando un molino de agua” de Jacob van Ruisdael.

El jardinero de las nubes.

jueves, 30 de octubre de 2008

La musa de Jacob van Ruisdael (IV): El villorrio judío



Sin mediar más palabras, los tres hombres hicieron su entrada en el villorrio judío cuando la noche ya se había adueñado de todos los contornos. Por las ventanas de las casas se deslizaban al exterior las parpadeantes luminarias de la Menorah, esto es, el candelabro de siete brazos. Era aquélla la noche del viernes. Desde la sinagoga se escuchaban las letanías entonadas por el rabino para conmemorar la fiesta semanal (Cf Éx 20, 8-11). Jacob experimentaba un extraño sobrecogimiento en su corazón, como si barruntara que algo de naturaleza milagrosa estuviera a punto de acontecer.

El judío les guió hasta un cobertizo de paredes escuálidas y techumbre medio derruida.

–Aquí tenemos a la adúltera hasta que finalice el Sabbat –les iba explicando mientras tanto–. Una hembra de su calaña no se merece mejor morada que una pocilga. Una vez nazca su hijo, le será arrebatado y ella acabará sus días merced al castigo prescrito por Moisés.

–¡Qué fortuna tuvo la Virgen María al no ser repudiada por su esposo José (Cf Mt 1, 18-25)! –observó Claes Berchem con cierto embarazo.

–De todas maneras, el castigo no podrá verificarse hasta la llegada del domingo –prosiguió el judío–. Tras los oficios en la sinagoga, todos iremos a encerrarnos en nuestras casas para cumplir el descanso sabático. Si el niño naciera entretanto, señor galeno, llamad a la primera puerta que veáis y entregadlo allí; la comunidad velará por que se haga un hombre de provecho y temeroso de Yahveh, ejemplo que su indigna madre no podrá transmitirle.

Sin otros preámbulos, los tres hombres accedieron al interior del cobertizo. Allí reinaba un fuerte hedor a podredumbre y a inmundo ratón, que constituía una auténtica ofensa para el sentido del olfato. En un rincón miserablemente iluminado por una maloliente vela de sebo, se veía a la parturienta echada en posición supina sobre un húmedo y nauseabundo montón de paja. Deliraba y apenas si podía moverse; resultaba casi inaudito que le quedasen fuerzas para traer su criatura al mundo.

–Bueno, me tengo que ir –manifestó el judío, uniendo la acción a la palabra. Ya en el hueco de la puerta, se detuvo un momento para advertirle a Jacob–: Dicho se está que cuando entreguéis el niño, se os abonarán los honorarios que os corresponden.

A continuación se quedaron los dos amigos a solas con la parturienta.

Jacob tomó el fórceps de obstreticia de que se iba a valer para asistir el parto de la pobre mujer, herramienta que llevaba guardada, junto con el demás instrumental médico, en una pequeña escarcela de cuero que traía colgada al cinto. Como la iluminación que imperaba en la estancia fuese harto exigua, le indicó a su compañero de viaje:

–Claes, haz el favor de aproximar el resplandor de la vela al rostro de la parturienta.

El pintor se apresuró a complacer el mandato de su amigo. La luz de la vela cayó sobre las lívidas facciones de la desdichada mujer. De súbito, Jacob sintió como si el corazón le diera una violenta encogida... Esa fisonomía no le resultaba desconocida; es más, ¡era la misma fisonomía que su imaginación no había dejado de reproducir y asimismo venerar por espacio de cinco largos años! Jacob tenía delante a Judith, la muchacha que conociera en el puerto de Dordrecht aquel bello crepúsculo de verano; Judith, la causante de que él marcara ese lamentable paréntesis en su carrera de pintor.

–¡Es Judith, es Judith! –murmuró pasionalmente, al tiempo que el rostro se le revestía de intensa palidez.

Claes Berchem ladeó la cabeza sin entender de la misa la media.

–Jacob, ¿acaso conoces tú a esta mujer?

–Es mi corazón quien mejor la conoce –respondió el interpelado–. ¡Pero mira! Está delirando, y el vientre se le empieza a dilatar. ¡Manos a la obra! Haremos que su hijo venga dignamente al mundo. Enciende un buen fuego y busca un recipiente donde poder calentar agua... ¡Pobre muchacha!

CONTINUARÁ…

Ilustración: “El cementerio judío” de Jacob van Ruisdael.

El jardinero de las nubes.

miércoles, 29 de octubre de 2008

La musa de Jacob van Ruisdael (III): Por las proximidades del castillo de Bentheim


Cierto día, ya en la primavera de 1651, se encontraba realizando un viaje de placer por las regiones boscosas limítrofes con la frontera germano-holandesa. Le acompañaba su buen amigo el pintor Claes Berchem; aunque Jacob ya no practicara el arte pictórico, no por ello había dejado de frecuentar el trato de pintores y demás gentes vinculadas al mundillo de las bellas artes.

Tras una apacible jornada por aquellos parajes nemorosos, los dos amigos habían arribado a las inmediaciones del castillo de Bentheim, una imponente fortaleza medieval levantada en la cima de un otero erizado de toda suerte de árboles frondosos. El cielo comenzaba a ensombrecerse, y como los dos viajeros distinguiesen un poblado situado en la misma falda de la colina, orientaron allá la marcha de sus respectivas monturas, en busca de cena y alojamiento para la noche que estaba a punto de caer.

De repente, llegados a la altura de una encrucijada de caminos, les salió al encuentro un hombre con atuendos de judío, que tenía el rostro todo sudoroso y arrebolado de tanto como había corrido. Todo fue ver a los dos viajeros y llegarse junto a Jacob como una exhalación.

–Vos sois galeno, ¿no es cierto? –le preguntó acto seguido, con voz entrecortada por la fatiga.

–Así es. ¿En qué puedo serviros?

A Jacob no le movió a sorpresa la pregunta del desconocido, por cuanto él, Jacob, llevaba puesta la casaca de color amarillo canario que era como un distintivo en casi todos los miembros de la profesión médica.

–Necesitamos de vuestros servicios –explicó el judío, una vez hubo recuperado el aliento–. Una de nuestras mujeres está a punto de alumbrar un hijo. El parto se presenta difícil, y no queremos que muera por una causa ajena al castigo a que se ha hecho acreedora por la enormidad de su pecado.

–¿A qué pecado os referís? –curioseó Claes Berchem.

El judío dirigió al pintor una mirada sombría, y respondió con no menos lúgubre entonación:

–Ha concebido un hijo de padre desconocido. Y ya dejó escrito Moisés en el tercer libro de la Torá que todos los hombres y mujeres sorprendidos en adulterio sufrieran la muerte por lapidación (Cf Lv 20, 10) . Ella ha llegado a nuestra aldea, tras prolongada ausencia, vestida de andrajos, enferma y a punto de dar a luz. Su padre la ha repudiado como hija, y nuestro rabino la ha sentenciado a morir tan pronto alumbre a la criatura bastarda que lleva en sus entrañas.

–A Nuestro Señor Jesucristo le vinieron los fariseos con un caso similar a éste –dijo Jacob con retadora gravedad–, y Él les contestó: “El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra” (Cf Jn 8, 1-11) ¿Acaso contáis vosotros con más autoridad que el Hijo de Dios para dar muerte a esa pobre mujer?

Un rictus de opresiva hostilidad se bosquejó en los labios del judío.

–Nosotros no reconocemos a vuestro Mesías como el Hijo de Dios. Por otra parte, yo no he venido a buscaros para principiar una discusión teológica. ¿Querréis vos prestarle a nuestra comunidad vuestros servicios como galeno?

–Pese a todo, estoy dispuesto a hacerlo –decidió Jacob por últimas.

CONTINUARÁ…

Ilustración: “El castillo de Bentheim” de Jacob van Ruisdael.

El jardinero de las nubes.

martes, 28 de octubre de 2008

La musa de Jacob van Ruisdael (II): La promesa de Jacob


A todo esto, el bote había atracado junto al muelle. Los pasajeros comenzaron a apearse con un tanto de torpeza y afectación. Utilizaban el español para comunicarse entre ellos, idioma que resultaba familiar a Jacob y que le permitió enterarse del contenido de las frases que se intercambiaban los judíos. En un momento dado, el padre de la muchacha la interpeló de este modo:

–Judith, deberías abandonar el gato. Allá donde vamos nos sería un estorbo.

Pero ella estrechó más todavía al animalito contra su corazón; no estaba dispuesta a deshacerse de su querida mascota.

–Donde yo vaya, ira él también –respondió con un timbre de voz que le sonó al estupefacto Jacob como un feliz redoble de campanas.

Entonces Judith desvió su mirada hacia donde se hallaba el joven artista, y esto le bastó a él para que agradables escalofríos hicieran presa de su cuerpo. Una sola mirada fue suficiente para que su corazón se rindiese a la belleza de la muchacha. La barra de carboncillo había acabado por caérsele de la mano. En el cielo del Oeste hizo su aparición el planeta Venus, casi al tiempo que el amor surgía en forma de rabioso manantial dentro del corazón de Jacob.

–¡Judith! ¿Qué haces ahí parada? –exclamó el anciano judío–. El carro nos está esperando.

Efectivamente: el resto de los pasajeros del bote ya se había acomodado en un carro de aspecto desvencijado. Judith era la única del grupo que aún no había montado; y es que algo muy poderoso la impedía desclavar los ojos del joven Jacob.

–¡Judith, chiquilla, nos iremos sin ti!

Por último pareció reaccionar. Se giró de espaldas y se encaminó hacia el carro, al cual se subió con una gracia y agilidad que despertó más todavía la admiración de Jacob. Luego el vehículo se puso en movimiento, y ella continuó mirando al artista, hasta que las sombras del ocaso y el efecto de la lejanía ocultaron sus respectivas miradas. El cielo se tornó un charco oscuro, afiligranado de estrellas relumbrantes. El mar reflejaba fantásticamente el claro de luna.

Jacob se había quedado como aletargado. Su mente estaba confusa y la mirada se le enturbiaba por momentos. Sólo un pensamiento alumbró en medio de tanto caos amoroso, y enseguida su lengua fue parte a vocalizarlo:

–Prometo al sol, a la luna y a las estrellas que nunca más pintaré nada hasta que pueda pintar el rostro de esa beldad, teniéndola a ella delante. Pero ¡ay!... No sé ni se me ha ocurrido averiguar adónde se habrá dirigido.

Y a continuación se dijo para sus adentros: «Si he empeñado mi palabra, ¿con qué decencia puedo ponerme ahora a pintar la marina que me ha encargado el tío Salomón?»

Ciertamente, la realización de tal labor se le antojaba en ese momento un completo contrasentido. No parecía sino que la promesa que acababa de formularse fuera acicate para borrarle de la mente y del espíritu cuanto conocimiento artístico hubiera acaparado con el paso de los años. Se vio, pues, en la precisión de desmontar el caballete sin ni siquiera haber iniciado la marina del puerto de Dordrecht.

Luego intentó dar con Judith. Registró toda Dordrecht de arriba abajo, pero con resultados infructuosos: ella se había marchado lejos de allí. Trató de averiguar adónde habría ido, mas nadie sabía nada... Fue entonces cuando Jacob sintió en lo profundo de su ser la amarga mordedura de la desesperación. Y se afirmó con renovada vehemencia en la promesa que se había hecho a sí mismo.

A su regreso a Haarlem, su tío Salomón le vino a los alcances, preguntándole a la sazón:

–¿Dónde traes la marina del burgomaestre de Rotterdam?

Jacob hizo un gesto de tibieza con los hombros, y respondió lacónico:

–No he podido pintarla.

La sangre se le subió a su tío hasta las mismas orejas.

–¿Y me lo dices así, quedándote tan fresco? Jacob Isaackszon van Ruisdael: ¿dónde está la marina que te encargué que pintaras?

–No la he podido hacer. Yo ya he dejado de ser pintor.

–Pero, mentecato... ¡¿Sabes lo que estás diciendo?! –exclamó Salomón, presa de una agitada indignación–. Tú debes de tener alguna mala fiebre. Tú eres Jacob Isaackszon van Ruisdael, el orgullo y la esperanza de la pintura holandesa. Esas palabras pronunciadas por tus labios constituyen toda una ofensa para la posteridad. ¡Tú eres un genio, y como tal no tienes derecho a aniquilar tu talento!

–Ahora sólo quisiera ser un buen médico –repuso el joven.

–¿Y a cuento de qué viene esa resolución tuya? –indagó su tío.

–Porque me he enamorado de una mujer.

–¡Malditas sean todas las hijas de Eva!

–Precisamente es una hija de Eva la mujer de la que me he prendado.

Ese mismo día Jacob abandonó la escuela de su tío Salomón. No podía volver a coger un pincel hasta tanto no tuviese delante el rostro de Judith para plasmarlo en el lienzo. Y como eso era improbable que pudiera realizarse, optó por centrar sus esfuerzos en el estudio de la medicina.

Hubo multitud de amantes del arte que lamentaron la drástica decisión tomada por el joven Jacob van Ruisdael. Pero él tenía en alta estima su honor, y se preciaba de saber que la nobleza de un hombre se mide en función de la veracidad de sus palabras.

Transcurrieron algunos años, y Jacob concluyó con éxito su aprendizaje como médico. Era muy admirado por los prohombres de la profesión; había intervenido en unas delicadas operaciones de cataratas que le habían granjeado el respeto de aquéllos. Tanto brilló en su condición de médico, que la misma fue parte a poner en el olvido de las gentes su anterior faceta de pintor.

Entretanto, él jamás pudo dejar de pensar en Judith. La recordaba como la viera años atrás en el puerto de Dordrecht: con el rostro tan bello y radiante y vestida con un modesto traje de estameña gris.

De esta manera transcurrieron cinco años desde aquel mágico atardecer de verano. Jacob se había convertido en un hombre apuesto e inteligente. Por aquel entonces se le reputaba como el médico más capacitado de toda la franja occidental de los Países Bajos.

CONTINUARÁ…

Ilustración: “Panorama costero con molino de viento” de Jacob van Ruisdael.

El jardinero de las nubes.

domingo, 26 de octubre de 2008

La musa de Jacob van Ruisdael (I): Lo que Jacob halló en la ciudad portuaria de Dordrecht


HACE MUCHOS AÑOS, EN UN TIEMPO Y EN UNA OCASIÓN DE MI YA POR ENTONCES AVANZADA JUVENTUD, CONOCÍ A ALGUIEN CON QUIEN RETOMÉ LAS SENDAS DE MIS PASEOS SOLITARIOS POR MADRID. FUE UN TIEMPO BONITO; NO HUBO ÁRBOL NI MONUMENTO DEL MADRID DE LOS AUSTRIAS QUE NO ACOGIERA ECOS DE NUESTRAS SONRISAS HERMANADAS.

CIERTO DÍA PARAMOS EN EL MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA DEL PASEO DEL PRADO, Y FUIMOS A VER CON CIERTA ANSIEDAD LA GALERÍA DE LOS PAISAJISTAS HOLANDESES DEL SIGLO DE ORO (SIGLO XVII). YO YA CONOCÍA A JACOB VAN RUISDAEL, Y FUE MARAVILLOSO VER SUS PINTURAS REFLEJADAS EN EL ENTUSIASMO DE LA MIRADA DE QUIEN ME ACOMPAÑABA. ENTONCES ME FUE FORMULADA UNA PETICIÓN, Y SURGIÓ LA PROMESA DE ESCRIBIR UNA HISTORIA QUE MANTUVIERA PRENDIDA LA LLAMA DE ESE ENTUSIASMO.

FUE LA PRIMERA VEZ QUE ESCRIBÍ ALGO POR ENCARGO, AUNQUE YO NO LO CONSIDERABA TAL MIENTRAS LO ESCRIBÍA. FUE UN TIEMPO BONITO.

ÉSTA QUE LES OFREZCO, ES LA HISTORIA QUE ESCRIBÍ PARA ESOS OJOS QUE BRILLARON CON LOS PAISAJES DE JACOB VAN RUISDAEL. UNA HISTORIA DE FICCIÓN, AUNQUE CON UN NOTABLE ESFUERZO DE DOCUMENTACIÓN… Y ADEMÁS UN NOTABLE DERROCHE DE AMOR.

POR OTRA PARTE, QUIERO DEJAR ADVERTIDO QUE EN MI ALMA NO ANIMA NINGÚN SENTIMIENTO ANTISEMITA; AUNQUE YO SEA CRISTIANO, CONSIDERO AL PUEBLO JUDÍO COMO UNA HOJA DEL MISMO ÁRBOL DE MIS CREENCIAS. EN EL SIGLO XVII LOS JUDIOS NO ERAN BIEN VISTOS Y MUCHAS VECES SE AISLABAN EN EL CUMPLIMIENTO DE SUS LEYES Y EN SUS GHETTOS. HE INTENTADO REFLEJAR FIELMENTE EL AMBIENTE DE LA ÉPOCA.

ESTA HISTORIA LE GUSTÓ MUCHO A MI AMIGO EL PINTOR FELICIANO MOYA, Y ME COMENTÓ QUE REFLEJÉ FIELMENTE UNA DE LAS TÉCNICAS QUE EMPLEAN LOS ARTISTAS EN LA COMPOSICIÓN DE CUADROS AL ÓLEO.

EN ÚLTIMA INSTANCIA, ESTA HISTORIA ES UN TESTIMONIO DE PROFUNDA ADMIRACIÓN AL ARTE DE JACOB VAN RUISDAEL (1628-1682), PINTOR QUE EXISTIÓ REALMENTE ALLÁ EN LA LEJANA FLANDES.

ESTÉN TRANQUILOS: ES COSA DE MUY POCOS CAPÍTULOS.

Hoy día despiertan sin par admiración los cuadros del pintor holandés Jacob van Ruisdael. Las escenas recreadas por su paleta son de una belleza indescriptible: cielos salpicados de nubes de algodón, con sus panzas inflamadas con el sangrar del atardecer; prados blancos de tulipanes y margaritas; molinos, torres y castillos recortándose enhiestos contra un cielo chispeante de idílicos resoles vespertinos; bosques otoñales cuyas silentes enramadas aparecen bañadas de gotas de luz dorada; feraces tierras de labor, pesadas con tanta carga de frutos; y presuntuosas aves, a las que sólo les falta entonar suaves melodías tornasoladas para prestar todo verismo a esos encantadores paisajes... A la vista de tanto esplendor pictórico, pareciera que jamás el doctor Jacob van Ruisdael se hubiera enfrentado a una crisis creativa.

Hubo una sin embargo, y ésta comenzó a fraguarse durante el verano de 1646, prácticamente en los inicios de la carrera artística de este genial pintor, ampliándose dicha crisis por espacio de algunos años.

El joven Jacob alternaba los estudios de medicina con su vocación por la pintura. Tenía como maestro en esta última disciplina a su tío Salomón van Ruysdael (otro famoso y genial pintor), cuya escuela estaba ubicada en la ciudad portuaria de Haarlem. El furioso talento que demostraba su sobrino, dejaba boquiabierto a maese Salomón; no tardó en comprender que poco tenía que enseñarle al inquieto muchacho.

–Puedes estar satisfecho –le dijo cierto día–. Has engullido, por así decirlo, toda la tradición y sabiduría atesorada por los maestros pintores de Flandes. Mezclas estupendamente los colores, tienes un buen dominio de las perspectivas y tu pincel es insuperable... Sé que no debiera pulirte tanto el ego, pero tú mismo sabes que tu estilo es... esto, ¡espléndido!

El joven Jacob, que por entonces contaba diecisiete años, emitió una sonrisa de inteligencia; mas no se embriagó con el dulce y estimulante licor de los halagos, pues su modestia corría pareja con su descomunal talento.

Y en éstas hizo su aparición el verano de 1646. Cierta fresca y luminosa mañana del mes de julio, la presencia de Jacob fue requerida por su tío.

–El burgomaestre de Rotterdam me ha encargado una marina que represente toda la hermosura del puerto de Dordrecht –le explicó–, y quiere que sea un cuadro realmente excepcional. Tú eres mi mejor pintor de marinas... y también de otros estilos, todo hay que decirlo. Mañana partirás en la primera diligencia rumbo a Dordrecht, y deseo que en los anales del arte flamenco mi escuela figure como aquélla en la que se produjo la mejor marina que jamás se haya pintado. Así que vete aviando, que mañana te quiero en pie al rayar el alba.

El joven pintor hacía gala de un temperamento apacible y servicial, y para su fuero íntimo se propuso no defraudar la confianza que su tío tenía depositada en él.

Apenas el sol se había desperezado por los pabellones del Oriente, cuando Jacob ya ocupaba su sitio en la diligencia que habría de conducirle a la algo distante Dordrecht. El viaje se desarrollaba por toda la cornisa occidental de los Países Bajos, cuyo litoral era bañado intempestivamente por las frías aguas del Mar del Norte. Eran aquéllas tierras anegadizas, proclives a las inundaciones y a las súbitas incursiones del mar. Resultaba un auténtico placer viajar en verano, teniendo a la vista las románticas extensiones de los campos de blanqueo y las colinas en las que apuntaba la hierba doncella y sobre las cuales giraban sus aspas esbeltos molinos. El camino de la diligencia se presentaba llano y uniforme, ausente de curvas, baches y demás accidentes topográficos. El panorama que se divisaba a través de las ventanillas de la diligencia constituía todo un obsequio para la sensibilidad paisajista del joven Jacob. Sus dedos oprimían invisibles pinceles de lo deseoso que se sentía de plasmar en el lienzo todas las maravillas por sus ojos contempladas.

Al punto del mediodía, la diligencia hizo un alto en una parada de postas situada en los aledaños de La Haya, esa ciudad que se halla emplazada bajo el nivel del mar, protegida de los embates de las olas por toda una trama de diques y esclusas inteligentemente dispuestos. Jacob desesperaba por llegar a su destino y ponerse a pintar cuanto antes.

Unas horas más tarde, luego de dejar a la derecha del camino la ciudad de Rotterdam, la diligencia estuvo a la vista del soberbio puerto de Dordrecht. Jacob se dio prisa en conseguir habitación en una posada cuya fachada principal miraba a los mismos embarcaderos. A renglón seguido se encaminó hacia éstos, yendo a cargadero con sus trebejos de pintor.

Era un momento adecuado para ponerse manos a la obra: la atmósfera exhibía ese resplandor mortecino, como de oro viejo, que hace tan deleitosos los atardeceres de verano, y el agua de la bahía estaba tranquila y silenciosa, sembrada toda su superficie de inquietos rizos de una luz punzantemente amarilla.

Jacob alcanzó la altura de un fresno de ramas exuberantes de hojas dentadas, muy cerca de las primeras tablas del muelle. Allí desplegó su caballete, extendió sobre el bastidor la delicada tela de lienzo y preparó la barra de carboncillo para trazar el boceto preliminar. Entornó los párpados, y dejó que su mirada vagara por la vasta amplitud del puerto. El cielo estaba entreverado de nubes teñidas de rosa por la proximidad del sol poniente. Las aves marinas amenazaban con rasgar la placidez circundante con sus vuelos alocados y sus graznidos retumbantes. Bajo la luz del crepúsculo se disolvían los perfiles de los edificios, especialmente los de la torre de la Grote Kerk y el de la afilada aguja del campanario del Groothoodspoort, cuya dulce resonancia metálica anunciaba el instante de la oración del Ángelus.

Ya en la bahía se veían dos balsas formadas por troncos apilados, que eran pilotadas por dos hombres de ruda apariencia. Y a la entrada de la bocana del puerto se columbraba la imponente figura de un barco mercante de tres mástiles, de cuyo costado de babor se destacó un bote en el que iban siete pasajeros y que se encaminaba derechamente hacia el lugar donde Jacob había instalado su caballete.

Sin poder precisar el motivo que le indujo a ello, la mano del joven artista quedó suspensa sobre el lienzo, atraída su atención por el tranquilo bogar del bote.

Al cabo de cinco minutos, percibió que su corazón redundaba en latidos incontrolados. Ya era posible distinguir a bordo del bote una joven doncella de apariencia encantadora, que llevaba entre sus brazos un gatito de suave pelaje blanco y ojos de un azul cobalto. La muchacha contaba con una belleza que arrebataba todo sentido: su rostro era lo que se dice una joya en su inmaculada blancura; sus cabellos semejaban una llovizna de lirios amarillos, en cuyas ondas cabrilleaban gustosamente los rayos de la estrella diurna; y sus ojos... ¡oh sus ojos!, eran sendos pedazos de cielo nocturno, plateados con el fulgor de los astros fugaces... Jacob se sintió flechado por la mirada de esos ojos, una mirada a lo primero imparcial, que no podía corresponder a los reflejos pasionales que estaban impresos en las pupilas del joven artista.

En el bote iban, junto con la muchacha, un grupo de judíos que huía de España, buscando refugio en los Países Bajos. En España se habían visto acosados por la envidia, el recelo y la incomprensión, y buscaban comenzar de nuevo en otra tierra prometida. La muchacha estaba sentada al lado de un anciano que tenía todas las trazas de ser su padre.

Entretanto, Jacob percibió que la brisa del estío suspiraba entre las ramas del inmediato fresno, al tiempo que otra brisa más espiritual, con toda la fragancia del amor, agitaba las hojas de su vigoroso corazón de artista... La vista de la muchacha había producido dulcísima impresión en todos lo rincones de su alma.

CONTINUARÁ…

Ilustración: “Vista de Haarlem” de Jacob van Ruisdael.

El jardinero de las nubes.

sábado, 25 de octubre de 2008

La teoría de la relatividad y su relación con el relato de la creación en el Génesis


Estimado amigo Alter Ego:

He leído tu afirmación de que el Génesis es un relato alegórico. En términos generales, yo no estoy de acuerdo con lo que afirmas. Siempre se ha dicho que la teoría de la Selección Natural de Charles Darwin (1809-1882) desentona por completo con el relato de la creación en seis días que aparece en el Génesis.

Pues bien, las más modernas teorías de la Física demuestran que existen asombrosas revelaciones científicas en el Génesis, que no son incompatibles con las teorías evolucionistas.

Es muy ambiciosa la explicación que pretendo abordar ahora, pero dentro de mis posibilidades voy a intentar abrir un poco de luz en esta cuestión. Para ello necesito hacer algunos preámbulos explicativos.

Hasta comienzos del siglo XX, la visión del universo que prevalecía en el mundo de la Física era la establecida por Isaac Newton (1642-1727) en sus "Principios matemáticos de filosofía natural". Según la misma, el tiempo y el espacio eran independientes e inmutables. El espacio era un espacio euclídeo tridimensional, en el cual era sencillo definir matemáticamente los fenómenos observables en la vida cotidiana. Se pensaba asimismo que el espacio estaba impregnado de un fluido llamado éter, cuya presencia condicionaría la velocidad de la luz, según la dirección que siguiera en su propagación a través de aquél: si la luz se movía a favor del movimiento del éter, iría más rápida; si se movía en contra del movimiento del éter, iría más lenta.

Sin embargo, la experiencia del interferómetro de Michelson-Morley en 1887 demostró que la velocidad de la luz era siempre la misma, independientemente de la dirección seguida en su propagación. De esta forma, se echó por tierra la construcción hipotética-deductiva del éter. La constancia de la velocidad de la luz fue la piedra de toque sobre la que se asentó el revolucionario edificio de la teoría de la relatividad de Albert Einstein (1879-1955).

Según esta última, la visión e interpretación de un fenómeno físico depende del lugar en el que se sitúa un observador. La caída de un objeto desde lo alto de un edificio será apreciada de forma diferente por un observador situado en una ventana del edificio y por otro observador situado en la acera de enfrente.

He aquí, a modo de síntesis, las principales implicaciones de la teoría de la relatividad, la cual ha sido verificada por todos los fenómenos observables y los experimentos realizados al efecto (examen que no ha podido superar la física de Newton, pues su edificio se viene abajo a velocidades próximas a la de la luz):

1. La velocidad de la luz en el vacío (300000 kilómetros por segundo) es constante en todo el universo.

2. La masa y la energía de los cuerpos son caras de una misma moneda; una pequeña cantidad de masa contiene una enorme cantidad de energía… A las explosiones nucleares me remito.

3. El tiempo y el espacio son relativos, es decir, no adoptan la misma forma para dos observadores distintos en distintos puntos de referencia.

4. La masa de un cuerpo crece enormemente a velocidades próximas a la de la luz, y, en virtud de las transformaciones de Lorentz, la longitud de los cuerpos se contrae y el tiempo transcurre más despacio. De aquí parte la famosa Paradoja de los Gemelos, que se resume en que si un individuo terrestre emprende un viaje interespacial a la velocidad de la luz, a su regreso a la tierra encontrará a todos sus amigos y seres queridos convertidos en ancianos, mientras que él apenas si habrá envejecido (un mes en la nave sería como cincuenta años en la tierra)... Esto es real, y se ha probado con cronómetros muy precisos a bordo de aviones supersónicos.

5. El tiempo y el espacio no son independientes, sino que constituyen una misma cosa, adoptando una forma geodésica, descrita por Bernhard Riemann (1826-1866), en la que se basaría la teoría de los espacios cuadrimensionales de Hermann Mikowski (1864-1909). En términos simples, el espacio-tiempo sería como una sábana estirada por los cuatro extremos. Los objetos situados sobre esa sábana universal crearían deformaciones en la misma. Por esas deformaciones circularían los rayos de luz. Cuanto más masa tuviera el objeto, mayor sería la deformación y, como la velocidad de la luz ha de ser constante en el espacio-tiempo, la única forma de salvar este compromiso es dilatando el tiempo para recorrer longitudes mayores; y de ahí se demuestra que el tiempo no es independiente del espacio, porque si lo fuera se tendrían que alcanzar velocidades mayores que la de la luz, y eso es imposible. En definitiva, en objetos con mucha masa el tiempo transcurre más despacio al ser mayor la deformación que ocasionan en el espacio-tiempo.

6. Según los modernos estudios cosmológicos y teniendo en cuenta todas las evidencias experimentales, el universo arrancó de una singularidad, es decir un punto muy masivo, que dio lugar a un enorme desprendimiento de energía y a la dispersión de innumerables cuerpos másicos que se fueron creando a la vez que el espacio-tiempo. Es decir, el universo y los cuerpos celestes se fueron extendiendo a partir del momento de la explosión inicial (Big-Bang). No olvidemos que en el punto de partida había mucha masa concentrada, y, aplicando la teoría de la relatividad, el tiempo marcharía más despacio. Luego, conforme la masa se fuera dispersando por el espacio-tiempo, el tiempo circularía más deprisa al no estar la masa tan concentrada.

7. Teniendo en cuenta evidencias reales como la radiación de fondo del universo, el desplazamiento al rojo (alejamiento) de los cuerpos celestes y el cálculo realizado con la constante de Hubble, se ha estimado que la edad del universo desde el Big-Bang oscila entre los diez mil y los veinte mil millones de años.

Todo esto es lo que la ciencia moderna sostiene en el asunto de la creación... Llegó el momento de unir las piezas del rompecabezas con las afirmaciones de la Biblia. Muchos verán ahora que el relato de la creación en el Génesis no desentona con lo que la ciencia sostiene como evidente. Me gustaría tener delante a Charles Darwin en este momento.

En un versículo de la Biblia aparece implícita la evidencia de que el tiempo es relativo, como antes hemos indicado: "Porque mil años son para ti como un día" (Sal 90, 4). Pues bien, en el relato de la creación (capítulo 1 del Génesis) el tiempo ha de considerarse desde una perspectiva relativista. Enumeremos, en base a esto, los distintos períodos en la historia del universo. Vuelvo a insistir en que cuando hay más masa, el tiempo transcurre más despacio; al principio la masa estaba más concentrada, y después, con la expansión del espacio-tiempo, se fue haciendo más dispersa.

Veamos qué dice el Génesis y su interpretación relativista:

Dia 1: Se creó la luz y el cielo y la tierra. Hubo de durar ocho mil millones de años, para que se formaran las estrellas y las galaxias.

Día 2: Se formó el firmamento. Duró tres mil setecientos millones de años. Se formó la Vía Lactea y todo lo que se observa desde la tierra.

Día 3: Se formó la tierra y el mar y aparecieron las plantas. Duró mil setecientos millones de años, en los que la tierra se enfrió y surgió el agua en estado líquido, donde se formó la vegetación marina y las primeras bacterias, células que los biólogos llaman “premoneras”.

Día 4: Aparecen el sol y la luna y las estrellas en el firmamento. Duró mil millones de años, durante los cuales se iniciaron los procesos de fotosíntesis, se generó el gas oxígeno, y, en consecuencia, la atmósfera se tornó transparente, permitiendo visualizar los cuerpos celestes.

Día 5: Las aguas se pueblan de vida y aparecen las aves. Duró quinientos millones de años. Estudiando los registros fósiles, en este período aparecieron los seres pluricelulares, la fauna marina y los primeros animales voladores.

Día 6: Aparecen animales domésticos, reptiles y animales feroces; y después aparece el hombre. Duró doscientos cincuenta millones de años. En este lapso de tiempo, en el período Pérmico, hubo un meteorito que impactó sobre la tierra e hizo que los grandes reptiles se extinguieran, junto con un tercio de los insectos. Luego la tierra fue repoblada de nuevo, y, al final de la cadena de la evolución, apareció el hombre.

Si se suman todos los períodos bíblicos (que ya no días) acaban totalizando quince mil millones de años, que precisamente concuerdan con las últimas evaluaciones de la NASA para la edad del universo.

Aquí tenemos un ejemplo palpable de que ni la ciencia ni la teoría de la evolución están en desacuerdo con las revelaciones bíblicas.

Estoy convencido, amigo Alter Ego, de que te sentirás tan entusiasmado como yo. Sólo espero no haber liado a nadie en mi intento por explicar la teoría de la relatividad.

Así que, volviendo a lo anterior, el Génesis es un relato alegórico hasta cierto punto. En el mismo hay metido más de lo que parece.

¿Qué? ¿Viene o no viene a cuenta creer en Dios y en su palabra? Jejeje.

Un cordial saludo.

El jardinero de las nubes.

jueves, 23 de octubre de 2008

El balcón abierto


Una vez en la vida, tan sólo una vez, la vio asomada a su balcón de la tarde inflamada de arreboles otoñales. Había fiesta en el cielo, y él contempló el rostro de ella bajo la luz tamizada de los cerezos de la avenida... Ojos que robaron sus destellos a la Cruz del Sur; cabellos negros como las canteras de pizarra; labios que fueron sustraídos de una zarzamora en el mes de mayo... Ella se acodó en el parapeto del balcón, dejando que la brisa jugara con los perfumados tules de su vestido.

Él abandonó el refugio de los cerezos, y osó mirar hacia arriba, donde se posaba el resplandor de la Cruz del Sur.

Es posible que no quieras mi amor, pero yo no quiero nada más en esta vida que una limosna de tus ojos. Si me hicieran caso, les diría a los cerezos que florecieran en tu homenaje. Mira cómo planto mi rodilla delante de ti. ¿No te da pena de mi amor desesperado? Cierro los ojos para esperar el beso que surca los aires. Espero que llegue lo que no espero que llegue.

Te has metido dentro. Volveré mañana...

He vuelto, y en tu balcón sólo quedan visillos. El frío de la tarde se propaga entre agonizantes nimbos de luz. La paloma se ha acercado a la fuente, y se ha posado sobre el recuerdo de tu frente. Llueven las primeras gotas frías, y el balcón no se abre. Me aproximo a la fuente, y quiero abrazar la estatua que me recuerda a ti. Aunque estés lejos, recibirás mi abrazo. La paloma levanta el vuelo, huyendo de mi presencia intrusa. Las hojas muertas caen en el agua oscura de la fuente, tan oscura que se ha puesto triste queriendo imitar al cielo del otoño. Las hojas muertas caen, y se posan en mis hombros... El balcón sigue cerrado.

Cierro, entonces, mi mirada a la vida. Me abrazo a la estatua, y es a ti a quien estoy abrazando. Te imagino en la penumbra de una alcoba. Te siento latir sobre mi corazón. Traes el viento en tus cabellos y el volcán en tus labios. Me cubren bosques y cordilleras de placer. Miro fuera del balcón, y florecen estrellas en las ramas de los cerezos. Eres viento y eres océano; fuiste concebida por el mismísimo hálito de la primavera. Vives en la montaña que yo no alcanzo y que ha terminado alcanzándome... Esa luz solitaria del universo: se disipará en cuanto tus brazos se despeguen de mis brazos.

Siguen cayendo las hojas del cerezo. Mis ropas empapadas por los efluvios del otoño. El balcón sigue cerrado. Ruge la tormenta en una esquina del cielo. He de irme, ahora que mi cuerpo ha sentido tu amor. Adivino tu mirada tras ese pequeño vértice de los visillos.

Mañana volveré, impulsado por la esperanza, por la ilusión, por la alegría de encontrar tu balcón abierto.

El jardinero de las nubes.

martes, 21 de octubre de 2008

La flor de las islas


No es el viento austro el que desgrana sus lamentos en la frondosidad del pinar; es el corazón, es la soledad, la vida presente y el tiempo que ya no es y aún no ha sido. El austro risueño mece el barco que me aleja de tu orilla. El mar, herido por el cielo de tu mirada, esconde con sus brumas las dulces horas que el tiempo terminó ajando.

Allá queda el camino del puerto, en cuyas losas los petreles acribillaban la lluvia. Y no era lluvia marina; era la lágrima del tiempo pasado y el rocío tenebroso del futuro. La nube gris que empañó la dulzura de mi sueño…, sueño que abrigué antes de verte partir a los gigantescos brazos de la lontananza.

La cojo y la contemplo... Flor oculta del mar. Es tu corola la que acaricia mis dedos. Tu corola perdida en los pasillos de mi corazón. Me voy de ti sin buscarte y sin aguardar tu regreso... Pero nunca dejaré que esa corola de mar se marchite entre la rigidez de mis dedos.

Ayer pasaste por aquí, y ahora me encaramo a la cima de las olas, añorando el diamante de las islas... sin soñar, sin ilusión, lejos de la luz que se complacía en formarte irradiación. No te buscaré ni abonaré tu recuerdo; dejaré que el mar me arrastre a sus pabellones del olvido.

Y si cierro la mirada, el color de tu cielo lo llena todo; si invoco una lágrima, tu sonrisa se propaga por los festones del pinar; si me postro ante tu altar, el mar me arrebata de tu presencia.

Y no, la palabra murió en mis labios agrietados. La vida retrocedió a sus primitivas fronteras. La nieve de la separación borró el camino que no volverá a ser andado. Agarraré con mano firme la flor que no ha de agonizar en los charcos de oscuridad.

Y sí, flor de las islas, el bálsamo de tu cielo no ha de faltarte... Y aunque mi corazón se acabe secando, siempre te dará su abrigo.

La tierra es redonda, el mar infinito. El amanecer desfallece pero acaba regresando... Esperaré, confiaré. El rocío de la madrugada pesa sobre mis hombros. Y la luna dibuja en mis pupilas el arco de tu sonrisa.

Por la vida de los pétalos que el tiempo no marchitará.

El jardinero de las nubes.



domingo, 19 de octubre de 2008

La casa de enfrente (y XV): El misterio desvelado


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

Ninguno de vosotros se acercará a un pariente para tener relaciones sexuales (Lv 18, 6).

No tendrás relaciones sexuales con tu hermana (Lv 18, 9).

No ofenderás a tu padre teniendo relaciones sexuales con tu madre; es tu madre y no debes hacerlo (Lv 18, 7).

Si uno toma por esposas hija y madre, es un crimen (Lv 20, 14).

No te deshonres a ti mismo teniendo relaciones sexuales con tus nietas (Lv 18, 10).


-XXX-

Cuentan que estuve casi cinco días delirando en mi cama del hospital. El horror acumulado a lo largo de quince años me causó unas fiebres malignas que, junto con la tráquea dislocada y las costillas rotas, me tuvieron debatiéndome entre la vida y la muerte.

-Tienes que volver con nosotros a casa -oí que me decía mi madre cuando por fin recobré la conciencia.

Las lágrimas afluyeron a mis ojos. Era mucha la tristeza contenida en el fondo de mi alma. Ya no era el jovencito inexperto que llegara al pueblo con el ánimo de ganar la oposición a notarías; ahora era un hombre que había mordido el polvo y que sabía le sería harto difícil deshacerse de la sombra del fracaso para lo que le restaba de vida. En fin, había aprendido a plegarme al cariz de las circunstancias... Me cabía el consuelo de que nada sería peor que lo que quedaba atrás.

Después de todo, yo no era el más digno de compasión de toda esta historia.

-XXXI-

Al cabo de un tiempo, regresé al pueblo para recoger mis efectos personales.

Una vez allí, encontré la ocasión de dialogar con algunos lugareños, y me pusieron al corriente de lo que no sabía y de lo que me faltaba por saber.

Desde muy joven, el tío Boanerges padecía “satiriasis” (necesidad compulsiva e incontrolable por sexo de todo tipo en personas de género masculino). Necesitaba a diario el contacto de cuerpos femeninos. Tengamos presente que hablo de "cuerpos" en plural, cuando lo normal sería hacerlo en singular. Pero es cierto: el tío Boanerges no se conformaba con un solo cuerpo de mujer.

Después de los acontecimientos que he narrado en anteriores páginas, se llegó a saber que siendo soltero violó a dos hermanas suyas, las cuales huyeron del pueblo y nunca más se supo de ellas, e incluso referían que en cierta ocasión abusó de su madre, cuando ésta se vio afectada de demencia senil.

Como sabemos, se casó con su prima hermana, y la pobre no pudo satisfacer al completo sus incesantes exigencias sexuales. En tanto que sus hijas fueron pequeñas, se hizo asiduo de los burdeles de la capital de provincia para dar salida a sus instintos lúbricos.

Al cabo de los años, las niñas se hicieron mujeres y llevó sus perversiones hasta extremos casi inimaginables… No habían hecho aquéllas más que despuntar a la vida, cuando él ya las requería sexualmente. Y le nacieron nietos que eran a un mismo tiempo hijos suyos.

Todo sucedía dentro de la casa, al amparo de las miradas de los vecinos. Cuando en ese triste lugar había un nuevo nacimiento, la parturienta era atendida por las otras mujeres; no se avisaba a comadrona alguna ni a los recién nacidos se les inscribía en el Registro Civil. Las mujeres no podían abandonar la casa sin la especial autorización del tío Boanerges.

Éste sólo quería mujeres como descendencia. Si por casualidad algún bebé varón veía la luz entre los muros de aquella casa de espanto, el afrentado padre se buscaba las mañas para hacerlo desaparecer.

Las generaciones crecían, los años pasaban y él encontraba en las nietas lo que había encontrado en las hijas. Su degeneración ya no reparaba en edades: a las niñas también las rondaba sexualmente. ¡Ay de aquélla que osara resistirse!... Podría ser eliminada tan fácilmente como si se tratara de un bebé varón.

En los arduos interrogatorios que la Guardia Civil practicara a las pobres mujeres tras la muerte del cabeza de familia, no cesaban de salir detalles a cuál más escalofriante. Haciendo uso de su superior fortaleza física, el tío Boanerges las tenía a su merced, para hacer de ellas lo que se le antojara. Hay que tener en cuenta que la consanguinidad había hecho que un considerable porcentaje de esas pobres mujeres mostraran rasgos propios del cretinismo, y por consiguiente no eran dueñas de su voluntad; no eran sino juguetes en manos del tío Boanerges.

Medraban los malos tratos de obra y de palabra, sin contar con las incesantes violaciones. En mala hora trajeron los contenedores de basura al pueblo; esto le permitió al tío Boanerges deshacerse de los infelices bebés varones de un modo inicuo y solapado, habida cuenta de que los operarios de basuras sabían que en los pueblos de su recorrido era habitual que tiraran a los contenedores camadas enteras de gatitos; y cuando éstos caían en el triturador de basuras, emitían un sonido desgarrador que tenía el auténtico timbre de los bebés humanos. Así el tío Boanerges pudo deshacerse cómodamente de un crecido número de sus vástagos no deseados.

De esta forma, llegó a conocer la generación de sus biznietas, y descubrió lo trabajoso que le estaba resultando alimentar tantas bocas. Empezaron entonces sus rapiñas entre los sembrados de sus vecinos, con el solo fin de traer a su casa el sustento diario. Como quiera que en el pueblo se le creía en tratos con el demonio, ninguna voz se alzó para denunciar su latrocinio; el tío Boanerges sabía que las supersticiones de sus convecinos eran un poderoso factor a favor de su impunidad. Incluso, en base a esto, dejaron correr las mutilaciones de ganado que perpetró en los recientes tiempos de carestía... Se prefería afrontar cualquier cosa antes que entrar en comunicación con un "hombre endemoniado", al decir de esas gentes simples y temerosas de Dios. De hecho, los extraños ruidos que a cada momento se dejaban oír en el interior de su casa, eran atribuidos a la presencia de demonios; nadie se imaginaba la auténtica naturaleza del drama que alentaba entre esos roñosos muros.

Me cuesta imaginar lo lejos que llegó el tío Boanerges en sus bajos instintos… Una noche de infausto recuerdo experimentó la querencia de poseer a su hija demente. La pobre criatura se dejó hacer, encantada de participar en el “juego” que su padre practicaba con las otras, si bien es de justicia añadir que no le agradó el roce en su mejilla de esas barbas espinosas ni la poca delicadeza con que aquél la trataba.

La pobre demente “jugó” otras veces con su padre, y al cabo del tiempo llegó a sentir que su vientre crecía, como les había ocurrido en el pasado a algunas de sus compañeras. Se puso muy gordita, y un buen día sintió que algo daba pataditas en el abultamiento de su vientre. Después de un tiempo, alumbró un niño que colmó la medida de sus deseos. Una ricura superior al más hermoso gatito. Un bebé que tenía algo entre las piernas, algo que le distinguía del resto de los bebés que habían crecido en la casa. Y a causa de este algo, el tío Boanerges quiso llevárselo “lejos” de la casa, como ya había hecho en muchas otras ocasiones.

¡Cuánto dolor le costó que su padre le arrancara al niño de su regazo! Cuando vio que se lo llevaba, su juicio disminuido le hizo ver que estaba a punto de quedarse sin el mayor objeto de amor que había conocido en su sombría vida; un amor mil veces preferible al de su padre; un amor por el cual, a no dudar, tendría que luchar encarnizadamente, y de ahí que se armara con el hacha de marras; un amor que tuvo que salvar de los arrebatos asesinos del tío Boanerges y que lloraba en la lluvia porque tenía hambre de la leche de los pechos de su mamita.

¡Desdichada criatura! Cuando todo se supo y tomaron carta en el asunto los Servicios Sociales, repartieron a las mujeres y a las niñas por distintas casas de acogida y se llevaron al infeliz niño lejos de su madre, porque no la juzgaron en sus cabales para poder criarlo... Cuentan que a raíz de esta cruel separación, tuvieron que encerrar a la demente en una celda de paredes acolchadas, porque bufaba, se contorsionaba y echaba espumarajos como una bestia salvaje. Y en medio de su dolor, encontraba redaños para soltar de cuando en cuando sus características carcajadas. ¡Desdichada criatura!

-XXXII-

Me fui del pueblo con el alma llena de aridez. Abrigaba la intención de no volver a poner los pies en un lugar de tan dolorosos recuerdos. La vida debía de ser mejor en alguna otra parte, una vida en la cual no hiciera falta perseguir sueños insensatos.

Cuando ya llevaba muchos kilómetros a las espaldas, aún me perseguía la imagen de los muros derruidos de la espeluznante casa de enfrente.

FIN.

El jardinero de las nubes.

viernes, 17 de octubre de 2008

La casa de enfrente (XIV): Mater amatísima


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-XXVIII-

Mis manos percibieron a todo mi alrededor una humedad caliente. Y mis ojos me ofrecieron al cabo la evidencia de que estaba tumbado en medio de un charco de sangre. El terror que se adueñó de mi alma es imposible de describir; temí que esta sangre fuese mía. Pero no (y esta certidumbre fue un alivio añadido a los demás): el reguero de sangre procedía de una horrorosa herida abierta en la nuca del tío Boanerges, cuyo cadáver tuve que quitarme de encima a costa de ímprobos esfuerzos.

Un hedor nauseabundo asaltó mis fosas nasales; no era otra cosa que el aliento postrero del tío Boanerges. Sus ojos estaban inyectados de espanto y como desencajados de sus cuencas. Una imagen horrible que desde entonces no ha dejado de perseguirme en mis peores pesadillas.

El viento no había parado de gemir, y desde las alturas empezó a caer lluvia mezclada con granizo. Delante de mí se alzaba la contrahecha figura de la hija demente del tío Boanerges. Su trémula diestra enarbolaba el mango de un hacha cuyo filo estaba impregnado de correosas hilachas de fluido sanguíneo. Su boca escasa de dientes conformaba una mueca siniestra e idiotizada.

Como digo, tenía el hacha enarbolada y enseguida me sobrevino el temor de que se le ocurriera, para rematar la faena, descargarme un golpe fatídico. El estruendo del temporal se tornaba a cada momento más escalofriante. Como bien afirma el proverbio, yo sentía haber escapado del fuego para estar a pique de caer en las brasas.

A todo esto, el bebé articuló un débil sollozo. Los rasgos de la demente se dulcificaron a ojos vistas, y dejó caer el hacha al suelo, cuyo choque produjo en mis oídos una lúgubre repercusión. La sangre había manchado, como era previsible, las ropas que cubrían al bebé, y resultaba patético ver cómo éste era levantado del charco de sangre por los inseguros brazos de la demente. ¡Pobre criatura!

-¡Ea, ea, mi niño! -gangoseó la demente, estrechando al bebé contra su seno.

La infame sanguaza le manchó los brazos y el grosero vestido de estameña que llevaba puesto. Ofrecía, talmente, la horrible imagen de una madre vampírica.

En lo que a mí concierne, la chocante impresión me paralizaba los miembros y me tenía la sangre helada en las venas.

El bebé, temblando como una hoja, principió un llanto desgarrador.

En vista de esto, la demente destapó uno de sus pechos y amamantó a la criatura. La sangre y la leche crearon un terrorífico contraste sobre ese pecho ubérrimo.

Mi mirada se cruzó con la de la demente, y ella prorrumpió en unas carcajadas estúpidas, las cuales movían a un horror incomprensible.

-XXIX-

Me encontraba al borde del desmayo, cuando un sonido bronco invadió los alrededores, sobrepujando al estridor del temporal...

Uno de los laterales de la casa del tío Boanerges se había venido abajo.

Una nube de polvo se levantó en la oscuridad. Una nube entreverada de gemidos espectrales, como los que los muertos proferirían al abandonar sus tumbas.

-¡Es mi niño, el niño de su mamita, lo parí yo! -exclamaba la demente en medio de sus carcajadas, mientras el ensangrentado bebé se nutría de la leche de sus pechos.

Entretanto, observé cómo a nuestro alrededor se congregaba toda una procesión de mujeres y niñas de amplio abanico de edades. Llevaban las ropas y los cabellos rebozados del yeso de la casa parcialmente derrumbada. Sus rostros traían reflejado el pánico. De sus contraídas bocas salían murmullos y endechas indescifrables. Sus ojos de ave de corral se fijaban con extraña fascinación en el cadáver del tío Boanerges.

La demente principió un nuevo ciclo de carcajadas. El bebé gemía satisfecho. La lluvia y el granizo recrudecieron, borrando los perfiles débilmente iluminados por la farola.

El camión de la basura asomó el morro tras el recodo de la calle. Fue el momento en que mis sentidos, sobrecogidos por tan espantosa sucesión de acontecimientos, sucumbieron al desmayo.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

jueves, 16 de octubre de 2008

La casa de enfrente (XIII): La hora del terror nocturno


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-XXVII-

La noche del suceso que me dispongo a narrar está marcada como a fuego en mi mente. Forma parte de un recuerdo doloroso, que por deshacerme del mismo estaría dispuesto a borrar asimismo todos los recuerdos agradables de mi vida.

Esa noche el cielo estaba negro como tinta china y soplaba un viento huracanado, que en campo abierto bien hubiera podido llevarse consigo las copas de los árboles desprotegidos. Yo me encontraba como de ordinario castigado por el insomnio. Me había situado frente al ventanal, y sentía cómo los vidrios temblaban de un modo preocupante. También había sonidos sospechosos que provenían del tejado, y, observando el de la casa de enfrente, aprecié con asombro que hubo tejas que emprendieron el vuelo cual si fueran pájaros de arcilla. El vendaval estaba adquiriendo proporciones catastróficas.

De repente, bajo el vacilante fulgor de la farola, vi que se abría la puerta falsa de la casa de enfrente. El tío Boanerges salió a enfrentarse a la furia de los elementos; llevaba en los brazos una especie de envoltorio blanco, y peleaba con el viento contrario por encaminarse al contenedor de basura.

Fue entonces cuando mi alma se vio sacudida por un horroroso presentimiento. ¿Qué habría dentro del envoltorio blanco?

Sin el menor género de dudas, un crimen estaba a punto de perpetrarse delante de mis ojos enrojecidos. Tal certidumbre hizo que mi conciencia empezara a manifestar insoportables reproches. El espanto subsiguiente dio pie a que mis sentidos despertaran, imponiéndose a mis inveterados sentimientos de cobardía...

Abandoné mi puesto junto al ventanal, acometí el descenso por los tenebrosos tramos de escalones y agarré el pomo de la puerta principal para dar entrada al vendaval que azotaba el exterior de la casa.

-¡Alto ahí! -grité con tal potencia de voz que sentí mi garganta atravesada por un dolor punzante.

El compás de las piernas del tío Boanerges experimentó como una sacudida eléctrica antes de alcanzar la inmovilidad. Se giró de espaldas y me ofrendó una mirada demoníaca. El envoltorio pareció agitarse entre sus rudos brazos.

Yo me encaminé a su encuentro a grandes zancadas; había roto el muro de mi cobardía y estaba dispuesto a llegar al final de toda esta cuestión.

-¿Qué lleva ahí? -inquirí con voz menguante, señalando el sospechoso envoltorio.

Antes de que el tío Boanerges pudiera emitir la menor respuesta, percibí que del objeto referido se escapaba una especie de gañido. Un gañido que acto seguido concluyó en el inconfundible sollozo de un bebé. Para mayor certeza, por entre uno de los pliegues del lienzo asomó una manecita blanca como el nácar.

-¡Asesino! -acerté a exclamar antes de perder por completo el uso de mi voz a causa del daño que sufrían mis cuerdas vocales.

Lo demás aconteció con la rapidez del relámpago: el tío Boanerges arrojó fuera de sí el frágil envoltorio, y sus ásperas manos se engarzaron en torno a mi cuello, cual si se tratara de los férreos anillos de una anaconda. La fuerza del impulso homicida me hizo perder el equilibrio y caer al suelo de espaldas, junto al lloriqueante bebé; el tío Boanerges, de tan aprisionado como me tenía el cuello, cayó conmigo, produciéndome con el peso de su cuerpo un daño en las costillas que había que añadir a los demás. Su fuerza era hercúlea, inabordable, impropia de un anciano; comprendí que yo no tenía la más remota posibilidad de doblegarle. Para colmo de males, no me era posible gritar en demanda de auxilio, no tanto por mi súbita afonía cuanto que la presión de los dedos alrededor de mi cuello era de todo punto demoledora.

Las sombras de la muerte comenzaban a hacer nebulosa la visión de mis ojos. Las fuerzas me habían abandonado por completo. No me quedaba más que rendirme a mi trágico destino... La niebla se cerraba delante de mis ojos.

De súbito, en la fracción de segundo anterior a caer en brazos del deliquio, noté que se liberaba la presión que los dedos de mi oponente ejercían en torno a mi garganta. Mis desesperados pulmones volvieron a llenarse de aire vivificante. El velo que empañaba mi mirada fue aclarándose paulatinamente... Y la sorpresa que a continuación impactó mi espíritu fue más rotunda que el alivio que experimentaba mi cuerpo después de los instantes de asfixia.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

miércoles, 15 de octubre de 2008

La casa de enfrente (XII): Vigilancia


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-XXVI-

A lo primero, mis observaciones se desenvolvían en el terreno de la discreción que siempre había sido tan propia a mi carácter. Empero, no tardé en comenzar a mostrar una abierta impertinencia. Me apostaba en el ventanal, y se me pasaban las horas tratando de observar los movimientos de las gentes de la casa vecina.

El tío Boanerges, cuando salía afuera, me dirigía unas miradas de mucho veneno y parecía que tenía aleccionada a su familia para que no excitaran mi curiosidad, por cuanto no volví a apreciar ningún detalle de vida tras los muros de la casa; no volví a ver ojos oteando tras los boquetes de la fachada; no volví a observar que nadie saliese al exterior, a excepción del tío Boanerges.

Las casas seguían crujiendo por el abandono. El tío Boanerges empezó a responder a mis miradas curiosas con gestos amenazantes de su puño. Sus labios se articulaban lúgubremente, pero el sonido que los mismos deseaban alumbrar no alcanzaba los pabellones de mis orejas. Yo seguía con mis miradas de indolencia, haciendo caso omiso de las amenazas y dejando que las horas se deslizaran en sombrías conjeturas.

Nuestra mutua animosidad era alimentada de día en día, pero nunca se nos presentó la ocasión de toparnos de manos a boca... Y la vez que esto sucedió trajo consigo la catástrofe.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

martes, 14 de octubre de 2008

La casa de enfrente (XI): Abandono


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-XXIII-

Empecé a percatarme por mis propios ojos de aquello que la prensa denominaba "cambio climático". A las sequías pertinaces sucedían toda suerte de alteraciones atmosféricas. Las tormentas primaverales despertaban auténtico pavor entre las gentes del pueblo, no tanto por la violencia de los rayos que las nubes vomitaban, sino por las trombas de agua que anegaban los viñedos y demás tierras cultivables, por no mencionar los daños que se generaban en las calles y en las casas. Tras el paso de estas trombas infernales, la desolación se adueñaba también de los ánimos de los habitantes del pueblo: medraban los llantos, los alaridos, las blasfemias, las maldiciones y demás manifestaciones con las cuales poder hallar algún alivio peregrino a la angustia de aquellas interminables jornadas.

En los techos de mi casa surgieron multitud de goteras. No tenía suficientes recipientes para recoger toda el agua de lluvia que se colaba al interior de las habitaciones. La situación de mi morada comenzaba a presentar tintes de tragedia. Y no me atrevía a subir al tejado a hacer algunas reparaciones, porque tenía la impresión de que éste no iba a poder soportar el peso de mi ya rechoncho cuerpo. Aparte de esto, no podía contar con efectuar arreglos de albañilería hasta tanto no llegasen días de buen tiempo. Ni que decir tiene que se hacía casi imposible concentrarse en el estudio en medio de tan calamitosas circunstancias.


-XXIV-

A este tenor, no falto a la verdad manifestando que no sentía el menor reproche de conciencia por este motivo; yo ya barruntaba que nunca iba a aprobar la oposición a notarías. Mi vida había entrado en una espiral de mediocridad, y cuanto antes lo asumiese tanto mejor para mi salud mental. La casa se pudría con las trombas de agua, lo mismo que lo mejor de mi vida se había arruinado en pos de un sueño vano e igualmente irrealizable a mi modo de entender.

Cierto día de febrero, un día de un frío terrible, me senté ante la mesa, abrí uno de los libros y me di cuenta de que ya no tenía ganas de seguir adelante, de que ya deseaba alcanzar algún final de cualquier especie a todo ese ajetreo de estudios. Me puse a reflexionar y descubrí que en mi alma se había disipado la esperanza de los mejores años de mi juventud. Había elegido el camino equivocado, y ya no me era dable volver atrás y emprender otro camino igual de largo. Ante mí se abría la disyuntiva de acogerme al abandono o a la desesperación...

Finalmente me decidí por el abandono.

-XXV-

Pasaba muchas horas tumbado en un viejo canapé, protegiéndome del frío mediante una raída manta militar. Oía que mi casa crujía y se estremecía, como quejándose de la incuria con que era tratada.

¿Y qué decir de la casa de enfrente? Si la mía estaba herida de muerte, aquélla aparecía en un estado agonizante.

Llegué a hartarme de pasar las horas tumbado a la bartola, y empecé a apetecer la realización de alguna actividad física y mental, la cual no tuviera que ver, eso sí, con la reanudación de mis estudios, puestos ya en el mayor de los aborrecimientos.

Entonces sentí que en mi alma se despertaban los afanes característicos de las más desocupadas mentes pueblerinas: indagar en la vida de los vecinos; regodearse en sus miserias, en contraste con las propias miserias; no alegrarse de sus cosas buenas, y, si cabe, permitir que la envidia acabase desembocando en el rencor... Fue así cómo sentí el deseo de saber más acerca de la vida que llevaban mis vecinos de enfrente.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

lunes, 13 de octubre de 2008

La casa de enfrente (X): ¿Quién mutila el ganado?


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-XXII-

Por aquella época se extendió por el pueblo un rumor cuando menos inquietante: alguien o algo estaba mutilando el ganado de las majadas de los alrededores. Empezaba a ser corriente que los pastores se encontraran de buena mañana alguna oveja de cuyas partes aprovechables en cuanto a comida habían dado buena cuenta. Y cada día se registraba en el pueblo un nuevo caso de oveja descuartizada, siendo inútil apostar en las majadas feroces mastines para proteger los rebaños, pues más de uno apareció con el cráneo reventado. En conclusión, una seria amenaza pesaba sobre la cabaña ganadera del pueblo.

Mis sospechas particulares recayeron inmediatamente sobre el tío Boanerges, habida cuenta de los indicios visuales que cada día veía confirmados: el saco sanguinolento no ofrecía lugar a dudas. Por otra parte, me constaba que los lugareños albergaban mis mismas sospechas. Pero nadie le decía nada al tío Boanerges, y esto me resultaba desconcertante: ¿qué clase de temor podría despertar entre las gentes para que le perdonasen la incesante mutilación de cabezas de ganado?

No es que yo fuera de carácter sociable, pero traté de hacer mis indagaciones entre mis convecinos.

-Ese hombre oculta al demonio en su casa -me comentó una mujer, persignándose maquinalmente-. Si le afeamos algo, puede mandarnos al demonio. Es mejor dejarle hacer tranquilamente, mientras no haga algo peor.

Y de esta calidad eran los comentarios que no dejaban de llegar a mis oídos, toda vez que entraba en contacto con los lugareños.

Ciertamente, el tío Boanerges despertaba entre las gentes un miedo que se diría ancestral. Por más que transcurrieran los años, su vigor no decaía un ápice; su paso seguía siendo ágil y sus hombros no se doblegaban ante las considerables cargas del saco de arpillera.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

domingo, 12 de octubre de 2008

La casa de enfrente (IX): Descaecimiento y tormenta


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-XIX-

Una mañana sentí curiosidad por oír el sonido del motor de mi coche, y no fui capaz de arrancarlo. Acabé encogiéndome de hombros: no necesitaba de esa máquina para seguir viviendo; si alguna vez lo precisaba, siempre podría recurrir al transporte público. En fin, estaba dispuesto a dejar que el coche languideciera olvidado por mí y sometido a los rigores de la corrosión ambiental. Cuando me apeé del mismo, percibí una risa casi infernal.

Mis ojos se dispararon hacia uno de los agujeros de la fachada de enfrente.

Un rostro nimbado por las sombras me miraba de un modo que despertaba pavor. La risa era cascada e histriónica, como la de una bruja en medio del éxtasis del aquelarre.

El furor fue venciendo mi miedo inicial, y sentí deseos de cobrarme de todos los ultrajes que mi sensibilidad venía padeciendo todos esos años por causa de los misteriosos moradores de la casa de enfrente.

Agarré, pues, una piedra que había en el suelo y la arrojé con todas mis energías hacia el boquete de la fachada, desde el cual el rostro de lo que fuera me observaba con ojos siniestros.

Un alarido desgarrador me indicó que había dado en el blanco.

Acto seguido el rostro desapareció de mi vista.

Hecho un manojo de nervios, me metí dentro de mi casa y no fui capaz de probar bocado y posteriormente de conciliar el sueño.

-XX-

¿Para qué mencionar, aunque sólo sea de pasada, mi paso por las oposiciones a notarías? La mala suerte me acompañaba allá donde fuera. Es descorazonador y asimismo desequilibrante trabajar sin pausa y no poder recoger los frutos de tan ingente y poco agradecida labor.

-XXI-

En el transcurso de una tarde de uno de esos aburridos veranos (ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba en mi destierro voluntario), se acumularon en la bóveda del cielo las nubes de apariencia más ingrata que jamás recordara haber visto; formaban una extraña mezcolanza de gris y marrón, como rebaños de ovejas que se hubiesen revolcado en un muladar. Empezó a levantarse un viento sibilante y violento, muy capaz de llevarse por delante las aspas del más sólido molino de viento. Los vidrios de las ventanas de las casas se estremecieron con una vibración atípica, y un trueno lejano resonó por los montes del horizonte, aunque no fuera precedido de su correspondiente relámpago. La tierra incluso parecía temblar por miedo al azote que estaba a punto de descargarse desde las alturas. Resultaba penoso respirar en una atmósfera tan saturada del punzante olor de la electricidad. Yo sentía la cabeza como atravesada por miríadas de clavos ardientes. Gruesas gotas de sudor comenzaban a rodar por mi dolorida frente.

No hubo que aguardar demasiado para que sobreviniera la catarsis. Las nubes abrieron su matriz, dando lugar a un parto doloroso de centellas y granizo. Me era posible imaginar el clamor de los agricultores ante el pedrisco inmisericorde que estaba asolando el pueblo y sus alrededores. En lo que a mí respecta, era la primera vez que veía caer fragmentos de hielo del tamaño de huevos de gallina, y con una fuerza tal que desde mi puesto en el mirador podía observar cómo el tejado de la casa de enfrente era perforado literalmente. El de la mía tampoco salió ileso a tan tremenda precipitación, pero los daños no fueron tan de lamentar.

Tras el paso del granizo, se elevaron por el pueblo toda suerte de gritos quejumbrosos. Las cosechas de huerta y olivo habían quedado arruinadas por completo. ¡Ay de aquellos que no tuvieran contratados seguros agrarios!

Me daba la impresión de que el tío Boanerges era de estos últimos.

No obstante, yo seguía viendo al tío Boanerges transportar su sempiterno saco de arpillera, si bien ahora el bulto que el mismo formaba era sensiblemente diferente que cuando el contenido estaba integrado por productos de la tierra; y era asimismo destacable cierta sombra carmesí que se podía apreciar en la parte baja del saco; incluso, en ocasiones, se desprendía de esta parte un hilillo, una gota del mismo color. El asunto no podía despertarme mayor intriga.

CONTINUARÁ...

Foto de Carlos Gustavo Barba Alcaide, extraída de su blog “Aldea del Rey natural”.

El jardinero de las nubes.

viernes, 10 de octubre de 2008

La casa de enfrente (VIII): La senda del labrador furtivo


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-XVII-

Lo cierto y verdad es que llegó un momento en que observé que el tío Boanerges transportaba un saco de proporciones sensiblemente mayores que el de los primeros años, y tal circunstancia avibaba mi sentimiento de intriga. Y así todos los días, sin fallar; el paso de los años no parecía doblegar la fortaleza de los hombros del tío Boanerges.

Cierto día mi intriga me llevó a emprender averiguaciones sobre la rutina diaria del tío Boanerges. Tendría que desplegar la cautela de un detective privado en el seguimiento de tan extraño personaje.

Estuve atento a su salida por la puerta falsa, que aquel día se verificó más temprano que de ordinario. Dejé que el hombre se separase un trecho prudencial, y entonces salí a mi vez, procurando hacer el menor ruido posible. Nos internamos en los campos, cuyos cielos comenzaban a ruborizarse por Oriente con algunos brochazos de luz roja. Era una hora de suma tranquilidad. El canto de los gallos tomaba el relevo paulatinamente al nocturno estridular de los grillos.

El tío Boanerges se apartó del camino vecinal, internándose en una huerta feraz y fragante de rocío mañanero. Allí crecían gran profusión de pimientos, tomates y calabazas; y en un extremo de la finca se vislumbraba un plantel de berenjenas; en la zona de tierra un poco más árida descollaban las prometedoras jorobas verdes de una treintena de sandías.

El tío Boanerges empezó a coger de aquí y de allá, escogiendo lo que parecía de mejor aspecto. Llegó a llenar algo menos de un quinto de la capacidad de su saco, y emprendió el regreso al camino vecinal. Yo me hube de ocultar tras un grupo de cardenchas, pues en modo alguno deseaba que mi espiado detectase mi presencia.

Siguió camino adelante por espacio de un buen rato. Luego tomó una senda tributaria, y cubrió unos quinientos metros, hasta llegar al sitio de otra huerta. El cielo se había desperezado y los pájaros cantaban por todas partes, haciendo los honores a la suave mañana estival.

Observé que el tío Boanerges efectuaba en esta huerta la misma acción que en la anterior: escogía a ciegas lo mejor, aumentando en consecuencia la panza de su saco de arpillera. Después abandonaba la finca y se encaminaba hacia otra, hasta que por fin llenó su saco a rebosar.

Yo empezaba a sospechar que semejante operación tenía algo de ilícita, pues se salía de la lógica que el tío Boanerges tuviese tantas huertas aquí y acullá. Y esta sospecha alcanzó mayor calado cuando vi que mi espiado arribaba a otra huerta de apariencia y superficie notablemente más modestas que las que había visitado con anterioridad, y aquí sí que se ponía a trabajar con verdadero ahínco, sin recolectar ni tanto así de los frutos que crecían en las polvorientas matas.

-XVIII-

Me fui a casa con la mente llena de sombrías conjeturas. El sol alcanzó su meridiano, y después rodó por el cielo hasta los brazos de la noche; luego volvió a salir, y yo tenía la sensación de no haber avanzado nada en todos esos años que se estaban llevando las mejores energías de mi juventud. Y a su vez estaba la soledad, que anulaba mis posibilidades de hallar en cualquier parte alguien que con el nacimiento de los más celebrados sentimientos me ayudase a encontrar un sentido verdadero a mi vida. Y la comodidad, el acomodamiento logrado y mi propia cobardía me fueron abocando a la degradación acunada en la rutina.

CONTINUARÁ...

Foto de Carlos Gustavo Barba Alcaide, extraída de su blog “Aldea del Rey natural”.

El jardinero de las nubes.


jueves, 9 de octubre de 2008

La casa de enfrente (VII): El agujero en la pared


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-XV-

Intenté correr un tupido velo a tan horrendas elucubraciones. Quise buscar mayores alicientes a mis estudios, lo cual devino en cambios acusados en mi carácter. Me torné tan huraño que sólo salir a comprar comida se me antojaba un auténtico suplicio. Mis convecinos me miraban ya con muy malos ojos, y, francamente, me importaba un comino. Mi aspecto externo se tornó más estrafalario: la cabellera me cubría por debajo de los hombros; la barba me hacía de pechera, tan negra e hirsuta como la de un nazareno; mi higiene personal quedó muy desatendida, habida cuenta de que mi sentido del olfato se hizo refractario al mal olor y mis ojos ignoraban las imágenes de suciedad. En fin, nada en mí recordaba al que había sido antes. Mis relaciones con mi familia quedaron reducidas al estipendio mensual que me enviaban en concepto de manutención; nada querían saber de mis extravagancias. Caí en una dinámica de deterioro personal que estaba llamada a durar largos años, y no sentía siquiera anhelo de que se verificase en mi alma un cambio a mejor.

Cuando me presenté de nuevo a exámenes tuve la mala fortuna de que me tocase un tema tedioso, que no me había preparado por considerar improbable que me cayera. De esta manera, mi trabajo de varios años se fue al traste. Pero no pensé en abandonar: o aprobaba la oposición o me quedaba sin futuro, así de claro.

-XVI-

Como he referido anteriormente, en la fachada de la casa de enfrente estaban apareciendo boquetes de dimensiones por demás regulares. Eran agujeros caliginosos, y por más que me empeñase no conseguía reconocer detalles en medio de la negrura. Parecía como si en la casa jamás encendieran una luz eléctrica.

Cierta tarde de diciembre me encontraba estudiando en mi sitio habitual. Había unas nubes de luto en lo alto del cielo, y por eso había tenido que encender el flexo antes de tiempo. La casa de enfrente se recortaba entre una apagada luz gris. En un momento de mis lecturas se me fueron los ojos hacia determinado boquete de la fachada, y la saliva se me metió involuntariamente por el conducto de la tráquea.

No podía obedecer a una alucinación lo que estaba viendo; era demasiado real. Tres cabecitas infantiles se perfilaban en el boquete, levemente mixtificadas por un velo de sombras.

No pudiendo creer lo que veía, apreté los párpados en medio de un paroxismo de terror. Cuando volví a abrirlos, las cabecitas habían desaparecido como por ensalmo.

La intriga ahondaba cada vez más en mi alma. Niños, niños, niños. Voces de niños, miradas de niños. ¿Acaso estaba siendo atormentado por una serie de apariciones de ultratumba? ¿Era que el estudio ininterrumpido me estuviera provocando esquizofrenia?

Ya no sabía qué pensar.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

miércoles, 8 de octubre de 2008

La casa de enfrente (VI): El alarido


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-XIII-

La fachada de la casa de enfrente no se vio tampoco libre de los estragos del tiempo. Muchas tejas cayeron al suelo hechas pedazos por las acometidas de los cada vez más tupidos yerbajos. Los muros exteriores estaban en un estado lastimoso, fiel reflejo de la incuria de sus moradores, y por aquel entonces fueron surgiendo leves oquedades que trataban de traspasar las espesas sombras del interior. Las persianas se veían sucias a más no poder; los vientos amenazaban con desarticularlas al más ligero soplo. ¿Acaso la lobreguez externa de la casa constituía un buen trasunto de las costumbres cotidianas que llevaba dentro la familia del tío Boanerges?

En cuanto a este último, su rutina seguía sin acusar modificaciones: al despuntar el día, salía de la casa con su inseparable saco vacío y el macuto donde presumiblemente llevaría la merienda, y al atardecer traía el saco a costaladas, cargado en apariencia de productos del reino vegetal. Salía incluso los días festivos, ya hiciera sereno o estuviera lloviendo. Y semejante esfuerzo no parecía doblegar su recia constitución.

A las mujeres no las volví a ver las facciones, pues cuando salían a la calle iban con la cabeza embozada en austeros pañuelos de luto. Me daba la impresión de que este despliegue de decoro se debía a mi presencia; querían pasar desapercibidas a mis miradas; lo cierto es que, con tal atuendo, ya no me era posible distinguir las unas de las otras.

Pasó mucho tiempo sin que se escuchasen sonidos provenientes de la casa de enfrente. Cualquiera hubiera pensado de buenas a primeras que el inmueble se encontraba deshabitado. Los yerbajos habían adquirido tamañas proporciones en el tejado, que ya ni siquiera los gatos se atrevían a moverse entre los mismos.

-XIV-

Yo ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba estudiando la oposición. Estoy por decir que lo que me dispongo a relatar ocurrió en el otoño o en la primavera. Era una noche tibia, de eso sí que estoy cierto. Yo había abierto la ventana de mi dormitorio, con el fin de gozar del aire fresco y sereno de esa época de entretiempo. De repente, la tranquilidad de la noche se vio turbada por una especie de aullido. No sabría discernir si tenía origen animal o humano. Lo cierto es que sonaba muy amortiguado, como si lo profiriera un gatito o un bebé agonizante.

No pude evitar que se me pusiera el vello de punta en el instante en que me di cuenta de que esa especie de gañido procedía de un sitio más cercano que el interior de la casa de enfrente. Quería saber de dónde. Al asomarme por la ventana mis ojos se posaron en el cercano contenedor de basura, que estaba ubicado en la acera inmediata a la fachada de la referida casa. El gañido, aun emitido en bajo tono, me perturbaba grandemente, por cuanto despertaba en mí la duda de si sería un sonido animal o humano. Empecé a sentir la impronta de mi conciencia y decidí aventurarme afuera a indagar lo que habría en el interior del contenedor.

La luna formaba a ras de suelo un vistoso diorama de luces plateadas y sombras delgadas. Como no llevaba encima más que el pijama, mi cuerpo se sintió azotado por una brisa desapacible. Conforme me aproximaba al contenedor, percibía más distintamente el gañido que me había puesto sobre alerta. Levanté la tapa, y al punto se hizo el silencio; lo que fuera se había sentido alarmado por mi presencia. Removí algunas bolsas de inmundicias, pero no pude ver que allí hubiese nada vivo. Pese a todo, algún suspiro aislado se confundía entre el frotar de las bolsas agitadas, y tal certidumbre me exasperaba más todavía. Algo debía haber, pero ¿dónde, en medio de todos esos malolientes desperdicios?

Los brazos se me pusieron hechos un asco en busca del origen de ese hilillo de voz. Los miasmas de la basura me estaban causando arcadas. Y entretanto no daba con lo que tan afanosamente estaba buscando. Ya empezaba a pensar que todo obedecía a una alucinación producida por mi cerebro, fatigado de tanto estudio incesante.

Resolví, pues, volver a mi casa y tratar de poner coto a las lúgubres conjeturas que no paraban de asediarme. No había hecho más que trasponer el umbral, cuando acerté a escuchar el ruido del motor del camión de la basura, que se acercaba en mitad del silencio de la noche. No dejé de aguzar el oído: percibí cómo el camión llegaba a la altura de nuestro contenedor, cómo lo vaciaban y cómo ponían en funcionamiento el triturador de basuras, una vez que el vehículo volvía a reanudar la marcha.

Entonces el terror caló hasta lo más hondo de mi alma. Un grito desgarrado, más humano que animal, rasgó la monotonía de la noche. El camión pegó un buen frenazo.

-Otro gatito arrojado al contenedor -oí que comentaba uno de los trabajadores que iba en la plataforma trasera del camión.

Luego prosiguieron su camino como si tal cosa.

En lo tocante a mí, no podía evitar creer errónea la afirmación del trabajador. Sea lo que fuere, yo estaba convencido que no era un gatito lo que había gritado en el triturador de basuras.


CONTINUARÁ...

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lunes, 6 de octubre de 2008

La casa de enfrente (V): Sombras en la oscuridad


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-X-

-¡Qué mal aspecto tienes! -me comentó mi padre en un aparte del banquete nupcial de mi hermano-. ¿Te has mirado al espejo?

-Los estudios desgastan mucho.

Estas palabras salieron de mis labios con palpable torpeza. La ausencia de trato humano me estaba atrofiando el habla. Ciertamente, estaba perdiendo las ganas de charlar con alguien. Si me había presentado en la boda, era por no desairar a mis padres y provocar de esta forma que me retirasen mi pensión de manutención. Me sentía agotado de cuerpo y espíritu. Las ojeras gobernaban mi rostro, y una perenne migraña me acompañaba a todas horas del día.

No me hallaba con ánimos de repartir sonrisas a diestro y siniestro, y busqué un sitio en donde resguardarme del baño de multitud de la celebración. Yo no quería estar allí; deseaba encontrarme de nuevo en mi habitación del mirador, ahora que el buen tiempo empezaba a hacerse notar. Allí me hallaba como en una burbuja que me aislaba del resto del mundo. Y los sucesos que en cualquier momento podrían acontecer en la casa de enfrente me tenían continuamente a la expectativa, conjurando en consecuencia el fantasma del aburrimiento.

Muy brusca fue la despedida que tuve con mis familiares. A no dudar, pensarían que me hallaba trastornado de un modo preocupante. Pero me dejaron ir, puesto que sabían que tenía la edad suficiente para disponer de mi libre albedrío.

Llegué al pueblo bajo los dulces efluvios de un rebaño de nubes de abril. El sol pintaba sobre los tejados su más bello arco de colores. Nada más apearme de mi coche, me mantuve unos instantes con la vista puesta en lo alto. Me encontraba como obnubilado, gozando en mi rostro del contacto con el orvallo primaveral. Los charquitos de mi alma se cubrieron de resplandores de luz solar. Sentía cómo mis huesos se liberaban de su habitual anquilosamiento. Era bueno haber regresado al hogar, ahora, entre el perfume de la primavera campestre.

De repente, mi vista se quedó petrificada. En la casa de enfrente, en una de las ventanas de arriba, tras la polvorienta persiana, acerté a distinguir una manecita infantil, perteneciente lo más seguro a un niño o niña de unos cinco años. Se agitaba de arriba abajo, como saludándome. Me quedé sobrecogido: no me constaba que hubiera un niño de tan corta edad en el interior de esa casa misteriosa. ¿A qué especulación debería entregarse entonces mi cerebro? No, eran asuntos que no me incumbían lo más mínimo.

Eché una última mirada a la ventana. Seguía agitándose la manecita de arriba abajo, acaso en gesto de despedida, mientras yo introducía la llave en la cerradura de mi casa. Sentí que se despertaba en mi ser el espanto que debe de producir una aparición fantasmal. Me metí corriendo en mi casa, y noté que mientras lo hacía una carcajada sonaba a mis espaldas. Una carcajada de tono distorsionado, no perteneciente ni a un niño ni a una niña ni a un hombre ni a una mujer. Me encaminé al rincón más resguardado de la casa, sin preocuparme de sacar mi equipaje del maletero del coche.

En las sombras me cobijé. Empecé a tiritar. No fui capaz de accionar siquiera el interruptor de la luz. En mi cerebro quedaban vestigios de aquella siniestra carcajada, y me resistía a hilvanar el más leve pensamiento al respecto.

-XI-

A partir de entonces, ya no fue necesario encender el brasero eléctrico. La llegada de los primeros calores era ineluctable. Yo consumía mi tiempo en los libros de leyes. El primer examen era inminente. Mi conciencia me decía que mi preparación dejaba mucho que desear, ya fuera porque no llevaba el suficiente tiempo estudiando o porque no había puesto el necesario ahínco en mi tarea. Esto último bien podía deberse al estado de alteración de nervios que me provocaban los ocasionales sucesos de la casa de enfrente.

Sea como fuere, concurrí al primer examen de la oposición a notarías, que había de celebrarse en Madrid. A la hora de redactar el primer tema que me cupo en suerte, lo único que pude escribir fue mi firma. Salí del aula con el corazón oprimido por la tristeza. Mi destierro no había servido para nada. El aire del verano se me antojó sofocante. Traté de invocar pensamientos positivos para no caer en la desesperación. Me dije a mí mismo que mis resultados en la oposición eran previsibles, habida cuenta del poco tiempo que llevaba preparándola; debía, por lo tanto, retomar mi labor con entrega e ilusión renovadas, al objeto de ir bien preparado en la próxima convocatoria de oposición a notarías.

-XII-

Ya en el pueblo, me esforcé en llevar a la práctica semejante propósito. Durante el verano, hube de trasladarme a una estancia de la planta baja, porque arriba el calor era verdaderamente inaguantable. La luz de mi flexo atraía a los mosquitos, y el sudor recorría todos los rincones de mi anatomía. No fue una estación lo que se dice agradable para el estudio.

La rueda del tiempo no cesó de girar. En mi fisonomía se operaron transformaciones no demasiado gratas: la barba me creció desordenada por todo el rostro, y un cerco de oscuridad se estableció por el contorno de mis ojos. Teniendo en cuenta el desaliño de mi aspecto, los lugareños empezaron a mostrar recelo hacia mi persona, toda vez que me cruzaba con alguno de ellos al salir a renovar mis provisiones. Y no les puedo reprochar nada: adoptando su mentalidad pueblerina, yo también desconfiaría de un hombre joven que se pasaba las horas muertas encerrado en su casa, dedicado solamente a estudios incomprensibles.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

domingo, 5 de octubre de 2008

La casa de enfrente (IV): Susurros en la Navidad



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS Y A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES.

-VII-

El desasosiego que estaba experimentando a causa de los moradores de la casa de enfrente, no es para descrito.

Esa noche el sueño no acudió a cerrar mis párpados. Mis oídos, por consiguiente, tenían ocasión de captar sonidos que antes con el cansancio me hubieran pasado totalmente desapercibidos. Entonces noté cómo mi alma se estremecía de terror. De algún lugar entre las sombras (yo no sabía si dentro o fuera de mi casa) venía un ruido menguante y perturbador. Un ruido como de llanto susurrante, que a intervalos parecía emparentado con el lamento del viento del invierno en algún páramo solitario. Luego iba acompañado por una especie de tableteo sobre el marco de una ventana. Y acaso hubiera alguna palabra pronunciada por una garganta espectral, pero no era una palabra inteligible a mis oídos desvelados.

Me arrebujé entre la envoltura de sábanas y cobertores de mi lecho, apreté los párpados y cubrí con mis manos sudorosas los pabellones de mis oídos. No es que yo sea un cristiano ejemplar, pero en aquella ocasión me puse a desgranar el Padrenuestro, a efectos de conjurar el pánico que había nacido en las tinieblas. No mucho rato después, caí en la niebla de la inconsciencia, coincidiendo con un rato en que aquel extraño sonido dejó de apesadumbrarme.


-VIII-

Muy avanzado iría diciembre cuando recibí una llamada telefónica de mis padres. No era cosa que me hiciese especial ilusión. Me dijeron que me esperaban en casa por Navidad; iban a venir mis hermanos, y era natural celebrar tan señaladas fechas en familia. No podía, a mi parecer, presentarse más indeseable semejante perspectiva.

-No voy a poder ir -le dije a mi madre-. El año que viene son los exámenes, y tengo montañas de libros para estudiar.

-¡Tienes que venir! -chilló la voz de mi madre a través del auricular-. Va a venir la novia de Juan. Sabrás que se casan en abril.

-Pues con tanto estudio, no me he preocupado de recordarlo -repuse con marcada indolencia.

-Pues sí, se casan. Y no espero que le hagas a tu hermano el feo de no ir a su boda.

-Iré. Pero esta Navidad tengo mucho que hacer. Tendréis que perdonarme.

-No voy a insistir más, Antonio. Haz lo que quieras. Después de todo, tú eres el que sale perdiendo.

«O no», pensé mientras colgaba en su horquilla el auricular del teléfono. La verdad es que me empezaba a sentir a gusto lejos de mi familia, libre del lastre de hipocresía a que obliga la relación con unas personas que se piensan el ombligo del mundo, en tanto que consideran prácticamente escoria a sus semejantes.


-IX-

El día de Nochebuena lo pasé como cualquier otro de mis días: seguí mi rutina de estudios y no me preparé nada especial para cenar. En el pueblo se notaba una poco corriente animación; si en circunstancias normales apenas si se veían viandantes desde mi puesto en el mirador, hoy se estaban viendo mayor número de personas que de ordinario. Todos dejaban entrever ganas de fiesta, y para mí tales ánimos eran poco menos que paparruchas; supongo que el tiempo que llevaba enclaustrado en esa fría estancia me estaba agriando el carácter a ojos vistas.

Deseando que transcurriesen cuanto antes estas horas festivas, me fui a la cama más temprano que de costumbre. Sin embargo, con la bullaranga que reinaba afuera, no me fue posible conciliar el sueño. La soledad del individuo trae aparejado el malhumor mientras el resto de los mortales se entregan a la fiesta y la diversión. Yo me resistía a levantarme de la cama, pues tal acción hubiera supuesto una especie de triunfo para aquéllos que no veían la hora de acostarse. Imposible contabilizar el número de vueltas que di en mi colchón; la rabia tenía atenazados todos mis pensamientos.

En toda grande fiesta hay, no obstante, un momento en que la calma parece abrir brecha, y en la presente ocasión sucedió al punto de las tres y media de la madrugada. Por fin iba a poder entregarme al descanso sin rémora.

De súbito, una como corriente eléctrica pareció recorrerme el espinazo. Me incorporé de la cama de medio cuerpo para arriba. De las sombras llegaron unos dulces y melodiosos tañidos de campanitas navideñas, imitados con total fidelidad por una orquesta de gargantas infantiles. Din, don, din, don, din, don... Incoaban un remedo de villancico, que en mi actual situación, lejos de despertar mi espíritu navideño, me movían a escalofríos.

Pero esta vez no estaba dispuesto a dejarme atenazar por el horror. Esta vez les plantaría cara a estas voces de ultratumba. Me levanté, pues, de la cama, y, tragando saliva, me dispuse a iniciar mis pesquisas.

La suavidad del canto me condujo a mi estancia de estudio, en la segunda planta. Entonces experimenté como una revelación. Por instinto, me guardé de accionar el interruptor de la luz, y me aproximé al ventanal bañado por los sedosos rayos de la luna.

Ahora tenía la certidumbre del origen de esas voces extrañas. Y recordé que ya me lo habían advertido tiempo atrás en el colmado del pueblo. Provenían de la casa de enfrente.

Con ánimo de escuchar mejor el improvisado concierto, apliqué mi oído al vidrio, pues abrir el ventanal hubiera resultado en exceso aparatoso. Sentí en mi oreja un frío de escarcha, pero ya pude distinguir las voces distintamente. Eran multitud, y tenían las inflexiones peculiares del habla femenina. Con todo y con eso, el tono de las mismas era infantil sin lugar a dudas, y a mí no me constaba que en la casa vecina hubiera ninguna voz perteneciente a una niña, excluyendo por supuesto a la pobrecita hija demente. Pero la hija demente sólo podía poseer una única voz de niña. ¿De dónde procederían las restantes? El asunto era francamente extraño.

El coro no estaba exento de cierta belleza. Mis sentidos empezaban a experimentar cierto deleite a consecuencia del mismo. Y no me importaba que la oreja se me estuviera helando literalmente.

-¡A cerrar el pico todas! Hoy no comeremos mejor que otros días.

Las voces se acallaron como por ensalmo. Sólo se escuchó a partir de entonces el gemido nocturno del viento del invierno.

Yo no albergaba dudas de que era el tío Boanerges el que había segado con su exclamación la peregrina belleza del coro infantil. Era la suya una voz terrible, intimidatoria, desagradable, impregnada de alcohol. La voz de un trasgo, capaz de poner los pelos de punta por la violencia en ella contenida.

La paz llegó de un modo tan brusco que me di cuenta de que mi sueño ya no sería turbado esa noche festiva. Me quedé rápidamente dormido.

CONTINUARÁ...

Foto realizada por Carlos Gustavo Barba Alcaide y obtenida de su blog “Aldea del Rey natural”.

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